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La economía ha dado la victoria a Trump

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La economía ha dado la victoria a Trump 1

Occidente está perplejo por el doble batacazo que el orden establecido ha sufrido en unos pocos meses: tras el inesperado Brexit, que ha salido adelante contra la voluntad de los dos grandes partidos británicos tradicionales y de la mano de ideologías nacionalistas disolventes y peligrosas (el UKIP), ha ocurrido la conmocionante victoria de Trump frente a Clinton, en contra de la práctica totalidad de las encuestas y de la opinión moderada del mundo democrático.

La ruptura de la UE, la magna construcción que ideó lo más granado de la sociedad europea tras la trágica experiencia de las dos guerras mundiales y para prevenir definitivamente la tercera, es muy difícil de asimilar. Pero lo es todavía más que el progresismo templado que representaba Hillary Clinton, en la misma órbita que el venerado Obama, haya perecido a manos de un patán, un multimillonario exhibicionista y hortera, xenófobo, misógino, machista y racista, que ni siquiera respeta el significado profundo de la Alianza Atlántica, el gran club de los países libres creado para defenderse de sus enemigos antiguos y modernos.

Las preguntas en torno a estas extrañas elecciones de EE. UU. se agolpan, y hay un sonoro porqué en el aire que aún no ha recibido respuesta. ¿Qué extraña conjunción ha hecho posible que Norteamérica, que había conseguido ubicarse en un lugar respetable y tranquilo en la historia, haya dado este ostentoso salto en el vacío?

La respuesta no es simple ni fácil ni directa, pero si se examina con cierto detenimiento lo ocurrido, se llegará seguramente a la conclusión de que la conocida imprecación de James Carville, asesor de Bill Clinton, contra Bush –“es la economía, estúpido”- tiene perfecta aplicación en el análisis de los resultados electorales norteamericanos en los que Donald Trump se ha arrogado la victoria.

Lo más llamativo del personaje que en enero se instalará en la Casa Blanca es, evidentemente, su talante soez, sus rudimentarios criterios sociales, su concepción del mundo que ha quedado de manifiesto en sus primeros pasos: el haber recibido a Nigel Farage como primer europeo que acude a cumplimentarle revela una disposición extremadamente perturbadora para la Unión Europea y para la propia OTAN ya que se sitúa a extramuros de los criterios más asentados del modelo de democracia liberal que ha adoptado Occidente después de la Segunda Guerra Mundial. Trump se alinea ostensiblemente junto a las formaciones populistas y es aclamado por personajes como el citado Farage de UKIP, o como Marine Le Pen del Frente Nacional, o como Viktor Orban, primer ministro radical de Hungría, que ha marcado insuperables distancias con quienes en Europa quieren adoptar una postura humanitaria que socorra al exilio sirio.

Es inquietante que el nuevo presidente de los Estados Unidos, el hombre sin duda con más poder del planeta, ponga en cuestión el vínculo trasatlántico y la cláusula de socorro mutuo del Tratado del Atlántico Norte, sobre los que se han basado la guerra fría, primero, y la creciente globalización, después. Y es sencillamente peligroso que este sujeto, que alardea de haber logrado el sometimiento más humillante de todas las mujeres a su alcance, niegue el cambio climático a pesar de las evidencias ya tangibles del fenómeno, lo que irremisiblemente supondrá un desarrollo mucho menos activo del Tratado de París que el que sería de desear.

El personaje es, definitivamente, abominable. Pero una vez efectuado este juicio de valor en forma de desahogo, que es similar seguramente al que han realizado la mitad, más o menos, de los ciudadanos de los Estados Unidos, hay que reconocer que su victoria no es consecuencia ni de su temperamento rudo, ni de sus manifestaciones rupturistas y antisistema, sino de sus propuestas económicas. Pocos analistas se han parado a observar esta evidencia, que conviene resaltar cuanto antes, como ha hecho, por ejemplo, José Félix Tezanos, poco sospechoso de connivencia con los populismos, en la revista Sistema: Hay que tener en cuenta -afirma el articulista en un trabajo titulado “Aprender de las experiencias y actuar en consecuencia”- que Trump ha prometido acabar con las desigualdades, crear empleos de calidad y poner coto al poder de Wall Street, de los conglomerados mediáticos y de las actuales élites políticas vicarizadas. ¿Acaso esto no podría –y debería− ser un empeño de otras fuerzas políticas genuinamente demócratas? La pregunta, por lo tanto, debiera ser: ¿por qué se ha dejado que Trump ocupe ese espacio y se apropie de tales objetivos?”

Tezanos tiene evidentemente toda la razón: el motivo por el que han apoyado a Trump el 42 % de las mujeres –pese a todo-, el 58 % de los blancos, el 8 % de los negros, el 29 % de los hispanos, el 50 % de los habitantes de los suburbios y el 67 % de los blancos no universitarios tiene poco que ver con la moral, con la sensibilidad social, con la postura frente a la inmigración o con la diversidad sexual: todas estas personas se han decidido a apoyar al magnate porque el sistema establecido no les ha dado las repuestas adecuadas. La gran clientela de Trump está formada por personas en situación económica precaria que ya no tienen nada que perder y que atienden las reclamaciones de quien les promete cambios radicales que supuestamente permitirán su integración y les concederán una vida digna, un puesto de trabajo estable, un salario suficiente.

El ejemplo más evidente que permite detectar la procedencia de muchos votos recibidos por Trump es el relacionado con la globalización. Es evidente que las nuevas tecnologías, que han abatido fronteras y han reducido distancias, nos conducen irremediablemente a un mundo globalizado, en que las oportunidades -en abstracto- serán mucho mayores. Pero también lo es que la globalización crea en nuestros países, y de manera brusca y súbita, desiertos industriales, deslocalizaciones cruentas… Y esto es así porque nadie se ha parado a denunciar con suficiente énfasis que bastantes de las ventajas que ofrecen tales deslocalizaciones son ilegítimas… El mercado textil es paradigmático en este sentido: diversas ONGs están denunciando estos días a Turquía por permitir que decenas de miles de sirios, incluso niños, sean explotados en fábricas textiles semiclandestinas de este país, que surten a las grandes marcas de moda occidentales… Lo que corrobora la evidencia de que el ‘dumping social’ perturba la globalización y la vuelve profundamente injusta… La rebelión de los valones -pertenecientes a una de las tres comunidades belgas-, irritados por su propio empobrecimiento industrial en los últimos años, que a punto ha estado de frustrar el tratado de libre comercio entre la UE y Canadá, es un ejemplo digno de ser tenido en cuenta. En el caso norteamericano, el hundimiento de Detroit, tradicional residencia de las grandes fábricas automovilísticas, cuando cientos de miles de automóviles norteamericanos se están fabricando algo más al sur, en México, por sus ventajas competitivas… irrita lógicamente a los damnificados de más al norte. No se trata de cuestionar el camino imparable hacia la globalización, es obvio, pero sí de plantear ciertas condiciones a su desarrollo, de modo que no queden tantos muertos y heridos en el camino.

En definitiva, no nos engañemos: Trump ha ganado las elecciones por incomparecencia del contrario –los defensores del discurso ortodoxo, neoliberal, paladines de la democracia parlamentaria en estado puro- en todo lo referente a la atención a los ciudadanos de a pie, a las clases medias cada vez más proletarizadas y faltas de expectativas. Hasta hora, el poder ha estado atento a grandes intereses corporativos -Wall Street y otras corporaciones, mediáticas y de otra índole- y no ha mirado a los verdaderos protagonistas del proceso político, los ciudadanos. En Europa, está ocurriendo otro tanto. Aunque aquí todavía estamos a tiempo de prevenir un desenlace caótico como el que tienen que gestionar los norteamericanos.

Hay que reconstruir la OTAN

Desde el punto de vista geoestratégico y global, la principal alarma suscitada por el advenimiento de Donald Trump ha sido su cuestionamiento del sistema de defensa occidental, basado en el Tratado del Atlántico Norte o Tratado de Washington de 1949.

En efecto, el pasado mes de julio, durante la convención del Partido Republicano en Cleveland, el entonces candidato Donald Trump dijo que si era elegido no se sentiría obligado a defender a los países de OTAN si se producía un ataque exterior. Aquella afirmación fue justificada por el multimillonario con los argumentos imaginables: “Hay muchos miembros de la OTAN que no pagan las facturas”, aseguró Trump en una entrevista concedida al New York Times, en alusión a las bajas contribuciones de varios países al presupuesto de la organización, en comparación con las de EE. UU. Portavoces de todas las tendencias de Europa y Estados Unidos recordaron entonces que, pese a los problemas de la organización y al escaso interés de los europeos por contribuir a la defensa colectiva, la obligación de la defensa mutua es la columna vertebral de la OTAN, lo que da sentido a la Alianza. Un ataque contra un miembro es un ataque contra todos. Y que desvincularse de tal obligación supondría el fin de la solidaridad ideológica y política occidental y rompería con casi siete décadas de implicación de EE UU en la seguridad europea. Asimismo, reduciría a cenizas el internacionalismo militar del Partido Republicano, en el que militaron personalidades como Eisenhower, Reagan y Bush padre, políticos que situaron el vínculo transatlántico en el centro de su política exterior.

Es improbable que Trump consume su amenaza, a pesar de que tiene razón el presidente electo cuando echa en cara a los países europeos su escasa aportación a la defensa común… Por más que Washington deba contabilizar también los réditos que le proporciona la hegemonía mundial de que disfruta. Sea como sea, la Unión Europea, tan resistente a toda clase de avances por la dificultad de concordar tantas voluntades, ha reaccionado al Brexit y a la llegada de Trump e inesperadamente Alemania, Francia, España e Italia creen que hay que comenzar a dar pasos para una defensa autónoma europea al margen de la OTAN…

De momento, los inspiradores de esta novedad, que el lunes pasado la expusieron en el seno de la reunión de ministros de Asuntos Exteriores y Defensa en Bruselas (la primera reunión a la que asistido la ministra española Cospedal), han impulsado unas conclusiones sobre la Estrategia Global de seguridad y defensa en las que describen la idea y proponen acciones concretas para “hacer frente a las necesidades de seguridad y defensa actuales y las futuras” de la UE, limitadas de momento a mejorar las respuestas civiles, la coordinación de las misiones y el establecimiento de un mando operativo con verdadera capacidad de organizar y decidir, evitando el mecanismo actual del tener que reunir las 28 voluntades antes de actuar. “La estrategia no es crear un ejército europeo o unos cuarteles de la UE al estilo de la OTAN”, ha dicho Mogherini al concluir la reunión, aunque el más imprudente Juncker sí ha tenido palabras más audaces.

No hace falta decir que la propuesta ha suscitado recelos en numerosos países, que temen que los avances en esta dirección puedan ser utilizados como coartada por Washington para justificar un distanciamiento que de otro modo no se produciría, y, desde luego, que se muestran remisos a considerar siquiera el gasto que semejante empresa provocaría. Debe tenerse en cuenta que sólo tres países europeos, Polonia, Estonia y Grecia, al alcanzan el 2 % del PIB en su presupuesto de Defensa, que es el porcentaje que recomienda la OTAN. España dedicó a este menester en 2015 el 1,18 % del PIB, cinco centésimas de punto menos que en 2014.

Es indudable que si EE. UU. avanzase en esta dirección introspectiva y aislacionista, Europa quedaría completamente inerme ante las amenazas provenientes del Estado Islámico o del expansionismo de Rusia en relación a las fronteras del Este. Sin embargo, es difícil de creer que Washington esté realmente dispuesto a hacer saltar por los aires la geoestrategia mundial. Y en todo caso, si llegara esta eventualidad, Europa tendría que tomar decisiones mucho más drásticas que la simple elevación en unas décimas de sus presupuestos de defensa.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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1 Comentario

  1. Mi pregunta es ?Porqué no se incorpora a Rusia en la Otan ? Una vez en esta
    organización ya no existiría el peligro de una expansión rusa hacia el Oeste.
    También Rusia tiene problemas con el Estado Islámico, su pertenencia en la
    Otan sería un acicate para resolverlos.
    Aunque esta idea de inclusión en la Otán nunca se podrá realizar, pues va contra
    los intereses de Usa, pais que vive casi exclusivamente de la venta de armas a sus
    aliados. Es en definitiva y practicamente su modo de vida.

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