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La España estancada y el impulso modernizador

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La España estancada y el impulso modernizador 1

Ha terminado en España, quién sabe si para siempre, el bipartidismo imperfecto, y es evidente que el sistema actual, cuatripartito y asimétrico, es más dinámico, está mejor pegado a la sensibilidad social. Pero lo cierto es que, quizá porque aún no se han estabilizado plenamente los actores, no estamos alumbrando verdaderas alternativas capaces de protagonizar la evolución del proceso político.

Se acentúa la división de la izquierda, y la derecha refuerza su afán de estabilidad tras una larga crisis económica que ha producido estragos en el debate político, ha relativizado el valor de las instituciones —incapaces de resolver los problemas de fondo— y ha generado en la gente una pátina de irritación e incredulidad que alcanza a amplias capas de población.

Tras Vistalegre II, y salvo sorpresas hoy por hoy impensables o cambios radicales, la victoria del ala dura de Podemos sobre la más pragmática y posibilista de Errejón confina a este partido en la extrema izquierda e impide el pacto con el centro-izquierda socialista. Por una parte, es sociológicamente impensable que este Podemos consiga ser hegemónico, aunque Iglesias puede aspirar a mantener provisionalmente el apoyo que ya tiene, que no es del todo ideológico y que por ello es superior al que logró Anguita en sus mejores tiempos. Por otro lado, parece difícil que el PSOE pueda conseguir una mayoría suficiente para gobernar en solitario mientras Podemos retenga una parte importante de su clientela potencial (aunque Ciudadanos haya abandonado parte del centro-izquierda que ocupaba al renunciar a la etiqueta socialdemócrata y quedarse tan solo con la liberal). De donde se desprende la principal conclusión de Vistalegre II: que el centro-derecha tiene el camino expedito para mantenerse.

[pullquote]La derecha tiene vía libre para mantenerse en el poder[/pullquote]

En principio, el PP, estabilizado por encima del 30% de los votos, necesita al PSOE para gobernar (además de a Ciudadanos, claro), y así lo entiende la gestora socialista, que está intentando manifiestamente que el nuevo secretario general sea un moderado, partidario del modelo de la ‘gran coalición’ a la alemana. Si no fuera así y el líder socialista elegido en primarias se negara a tales alianzas (hay ya experiencia de ello), lo probable que en sucesivas elecciones la formación conservadora terminara logrando la mayoría necesaria para formar gobierno por razones cívicas de pura supervivencia (las mismas que provocaron una significativa subida del PP entre el 20D y el 26J).

En otras palabras, el proceso lógico parece favorecer a los conservadores, dispuestos a toda clase de pactos frente a una izquierda radicalmente dividida… Y el Partido Popular acaba de poner de manifiesto en su Congreso que su valor predominante es la estabilidad: no ha habido cambios ni de personas –tan solo un ascenso del tercer nivel al segundo- ni aportaciones de ideas, ni proyectos nuevos, y todos los asuntos polémicos que esperan respuesta en un sentido o en otro –la maternidad subrogada es el ejemplo- se han aplazado sine díe para evitar cualquier atisbo de conflictividad. Rajoy alardea de previsibilidad, término que en su boca sugiere inmovilismo.

Sin embargo, algunos pensamos que determinados problemas de nuestro país requieren un salto hacia delante, una mutación —todo lo controlada que se quiera—, una mudanza, una actualización. La cuestión catalana, por ejemplo, no se resolverá reformando la LOFCA por la vía ya reglamentada. La solución del descomunal disenso requiere que se adopten decisiones cargadas de simbolismo, medidas categóricas que indiquen sensibilidad en quien las adopte. La célebre disposición adicional a la Carta Magna que propone Herrero de Miñón, la concesión a Cataluña de todas las competencias educativas y culturales, etc., serían medidas que no desvirtúan la naturaleza del régimen y sí ayudan en cambio a mitigar radicalidades soberanistas y, sobre todo, a que pierdan la razón los independentistas a los ojos de sus conciudadanos. El proverbial victimismo nacionalista se hace verosímil cuando el poder central se vuelve absurdamente intransigente, cuando niega a cualquier evolución o movimiento.

Rajoy y sus equipos deberían complementar el culto a la estabilidad con un verdadero proyecto de futuro, midiendo riesgos y controlando con cuidado el proceso. Todo envejece por el paso obvio del tiempo, y también la política, las normas y las reglas; las creencias evolucionan, los usos y costumbres se acomodan al cambio social. Por ello, hay que dedicar un esfuerzo creativo a la innovación, y si uno es incapaz de anticiparse, al menos debe seguir el paso de los que se adelantan. De otro modo, la obsolescencia es el ingrediente esencial del hastío y de la decadencia moral.

El ímpetu modernizador

El bipartidismo imperfecto que ha regido en este país durante más de treinta años, desde 1982 hasta 2015, había engendrado una dialéctica creativa que, mediante la alternancia, promovió la modernización del país. El cambio de modelo y la mencionada estabilización de un esquema cuatripartito ha detenido aquella dinámica sin reemplazarla por otra nueva.

En efecto, el avance de los grandes países europeos tras la segunda guerra mundial ha sido fruto de un discreto pero perceptible movimiento pendular entre el centro derecha y el centro izquierda. Conservadores y laboristas en el Reino Unido, democristianos y socialdemócratas en Alemania, liberales y socialistas en Francia: todos ellos fueron turnándose en el poder para establecer una senda de progreso mediante aportaciones de una y otra parte con un claro carácter acumulativo. En general, las alternancias no formaron un sinuoso zigzag sino que los unos incorporaron pacíficamente las aportaciones de los otros en una secuencia suave. La democracia funcionó con sutileza, tolerancia y alto sentido de la responsabilidad, en manos de líderes generalmente valiosos, dado que la política fue una actividad muy prestigiosa (el pretérito resulta doloroso en este caso).

En España, la izquierda socialista, desde 1982, llevó a cabo una profunda reconversión económica que resultaba indispensable si nuestro país pretendía incorporarse a la UE y competir con su entorno; solo la izquierda, que aún tenía ascendiente con los sindicatos, podía emprender aquella transformación, que se hizo especialmente traumática en la industria (altos hornos, astilleros, etc.) pero que nos permitió salir de la autarquía. También González empezó a desregular el mercado laboral con grandes dificultades —conviene recordar que la primera medida de esta índole, un plan de empleo juvenil con el que redimir a un millón y medio de parados jóvenes, fue abortada por la huelga general del 14D de 1988 que paralizó el país— y se dieron pasos en el terreno de la apertura de las costumbres y la vanguardia cultural. La derecha, que alcanzó el gobierno en 1986, liberalizó del todo la economía –privatizó el sector público-, acabando en cierta manera la tarea de adhesión a Europa y de incorporación de las nuevas pautas económicas y financieras a nuestro país. Más tarde, el PSOE, de nuevo en el gobierno, no modificó apenas el rumbo económico, salvo en asuntos menores, pero sí acabó determinadas reformas sociales de gran calado y profundo significado: la incorporación plena de la mujer y de las minorías sexuales, la ley de la dependencia, etc. Un historiador futuro, ya sin la pasión de lo cercano, establecerá sin duda una ilación fecunda entre ambos términos, derecha e izquierda, en el referido periodo.

[pullquote]El populismo empuja al centro derecha y al centro izquierda a abrazarse[/pullquote]

Todo indica sin embargo que esta dialéctica ha terminado. El surgimiento de los populismos de todo signo, con un bagaje nuevamente utópico (en el mejor de los casos: hay otro directamente fascista), empuja al centro derecha y al centro izquierda a abrazarse. Sucede en Alemania, sucederá en Francia y aparentemente estamos cerca de ello en España, donde la presencia excéntrica de Podemos, en absoluto dispuesto a pactar con el PSOE, obliga de momento a buscar la estabilidad mediante fórmulas centristas.

No es esta una buena noticia. Los constitucionalistas europeos nunca vieron con buenos ojos la ‘grosse koalition’ alemana y siempre la consideraron un mal menor, una fórmula que solo se justifica realmente en situaciones de grave emergencia nacional en que es necesario un gobierno fuerte. Y sin embargo, el pacto derecha-izquierda contra el populismo (que en realidad ya hizo presidente a Chirac en 2002, cuando la izquierda le votó para eludir la amenaza de Le Pen, el otro candidato) anula el ímpetu modernizador, atrofia el debate político, desanima a la sociedad, facilita la corrupción porque relaja los controles y, en última instancia, retroalimenta el populismo.

Deberíamos aprender a salir de este círculo vicioso.

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