Política

La sombra de Thatcher, una reflexión en torno al futuro

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Margaret Thatcher

«Algunas elecciones no son solo una parte de la historia, sino que hacen historia». En 1988, con Margaret Thatcher saboreando los últimos años de su mandato –fue primera ministra de Reino Unido de 1979 a 1990– se celebró en Brighton una conferencia del Partido Conservador. Como en todos los actos de este corte, la convocatoria fue una orgía de loas. Los tories estaban a punto de cumplir una década en el poder, un tiempo en el que apuntalaron una agenda profundamente neoliberal. Pero consiguieron algo más: arrastrar a su terreno a los laboristas y establecer unas nuevas reglas de juego ideológicas y económicas.

Daniel Bernabé, en su libro La trampa de la diversidad (Akal, 2018) dedica varias páginas a explicar cómo fue el proceso que implantó y normalizó el neoliberalismo en nuestras sociedades. La Dama de Hierro, metáfora metálica con la que se conocía popularmente a Thatcher, preguntada en 2002 en una cena organizada por Conor Burns, miembro del Partido Conservador, sobre cuál creía que era el mayor logro de su carrera política, ella contestó: «Tony Blair y el nuevo laborismo. Obligamos a nuestros oponentes a cambiar su forma de pensar».

Burns explicó en el blog conservador ConservativeHome que, en efecto, los comicios de 1979 hicieron historia. Alardeó del movimiento tectónico provocado por Thatcher y los suyos para desestabilizar a los laboristas: «Margaret tenía razón cuando aseguraba que el socialismo había quedado fuera de la agenda y que el centro político se había movido a la derecha (…) La victoria de 1992 [la cuarta consecutiva, ya con John Mayor, canciller del Gobierno Thatcher, al frente de los conservadores] y los acontecimientos que se desarrollaron posteriormente [la pérdida de las elecciones siguientes, en 1997, a manos de Tony Blair] explican por qué hemos estado en el desierto durante años [el artículo está fechado en abril de 2011], así que yo diría que al Partido le hubiese beneficiado perder. Sin embargo, dado que obligó a los laboristas a cambiar, es probable que hayamos ganado a largo plazo».

Blair, la herencia de Thatcher

Un denominador común de los paladines del liberalismo es la crítica a los subsidios. «A los del cine les quitaba yo la paguita», dicen algunos, como si fuese el único sector que recibe ayuda. «Los días de un derecho automático para beneficiarse acabarán», aseveró Blair en su serie de aproximaciones teóricas y propuestas, la Tercera Vía. Nubes negras sobre los subsidios. Este fue el gran éxito de Thatcher. Un laborista, que, en teoría, debería proteger el Estado de bienestar, firmando como suyo un argumento que defendería cualquier seguidor de la escuela del laissez faire, laissez passer.

Blair, contaba Joaquín Estefanía en las páginas de El País en 1999, proponía una serie de cambios basados en los siguientes principios: «Si se puede trabajar, se debe trabajar; los que no sean honrados no recibirán ayudas; si se trabaja duro para sacar adelante a la familia, el Gobierno garantiza que no vivirá en la pobreza; si no se puede trabajar, se conseguirá la seguridad que se necesita». En otras palabras: el ya clásico ‘si te esfuerzas, conseguirás lo que te propongas’.

Estos planes reformistas se presentaron los mismos días en que se conocía la situación económica británica. El país estaba al borde de la recesión. El Banco de Inglaterra pronosticó un crecimiento de entre el 0,5 % y el 1 %, según explicó Estefanía. La desaceleración económica de Reino Unido coincidía, además, con la que comenzaba a aparecer en la zona euro, lo que generaría problemas adicionales de financiación al Estado de bienestar.

Trump y Europa: Vox, portador del virus

Si la influencia de Thatcher significó la normalización del liberalismo económico, el trumpismo, una reacción frente al progreso, la multiculturalidad y la globalización, está creando delegaciones en varias partes del mundo y agitando los parlamentos.  Trump y los suyos, empeñados en fomentar el nacionalismo –misma estrategia que sigue Putin, pues el objetivo es reafirmarse como la primera potencia mundial, lo que pasa por debilitar el proyecto común–, quieren echar abajo la Unión Europea, y para ello han promovido el auge de la extrema derecha, apoyados en Steve Bannon, un exbanquero inversionista con una fortuna calculada en unos 44 millones de euros y exasesor de Donald Trump.

El satélite del trumpismo en Europa, Bannon, prometió «inversiones millonarias para ofrecer a los partidos europeos nativistas (aquellos que defienden los derechos de los nativos por encima de los extranjeros) y ultraconservadores acceso gratuito a información de sondeos especializada, análisis de datos, asesoramiento sobre redes sociales y ayuda con la selección del candidato», según desveló The Guardian-El Diario en un artículo en el que, precisamente, se aborda la posible ilegalidad de estos planes.

Vox cuenta con el beneplácito de Bannon. Ambas partes han mantenido contactos y, aunque no exista un acuerdo en negro sobre blanco que los una, las similitudes de sus formas son palpables, tanto en el fondo como en la forma.

El crecimiento de Vox no ha tenido parangón en nuestro sistema. Ni Podemos ni Ciudadanos consiguieron tantos apoyos en sendos desflorecimientos electorales. El PP teme que los votantes se vean seducidos por los de Santiago Abascal, así que Pablo Casado ha decidido alejarse de toda moderación. Albert Rivera, por su parte, ha adelantado que no pactará con Sánchez, lo que abre la puerta a que el three party que gobierna la Junta de Andalucía duerma en la misma cama de la Moncloa. Llama la atención que un partido –en teoría– europeísta, que hace poco se etiquetaba como socialdemócrata, cierre de esta manera la puerta al PSOE y se anquilose en la derecha. Pero es lo que ha conseguido Vox.

El objetivo de los naranjas es beber de la pérdida de votos del PP y colocarse los primeros en el bloque conservador. El sorpasso, comandar la derecha española. ¿El precio? Legitimar a la ultraderecha, adentrarse en su terreno, pactar con ellos. Trump, gasolina para los movimientos ultraderechistas, al igual que Thatcher, ha ganado una partida que se juega a largo plazo y en todo el mundo. Han conseguido normalizar su presencia parlamentaria y situar el foco mediático en aquellos lugares comunes donde mejor se defienden (inmigración, nacionalismo, etc.). Vox ha impuesto unas nuevas normas de juego y toda la derecha le ha seguido la corriente. ¿Sabrá reaccionar la izquierda? El 28-A tendremos una respuesta. ¿Pasarán los años y Vox conseguirá gobernar? Tiempo.

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Sergio Garvas

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