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La tentación autoritaria

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Vox y Trump tentación autoritaria

El pasado domingo, el sociólogo César Rendueles reflexionaba sobre las secuelas autoritarias que puede dejar la sobreactuación de las distintas policías y el ejército sobre la población civil en su labor de estos días en que, en virtud del estado de alarma, han de cuidar que la gente cumpla con su obligatorio confinamiento. Quienes por edad guardamos memoria directa de la dictadura, no podemos evitar un escalofrío cuando vemos la presencia extemporánea de los uniformes en las calles, por muy legítima que sea la intervención de militares y fuerzas del orden, que son instituciones impecablemente democráticas, en tiempos de emergencia como los actuales.

De cualquier modo, es inquietante que, como subraya el autor del referido trabajo, se hayan impuesto 150.000 sanciones en doce días, el triple que Italia en un mes. Y trae Rendueles a colación una llamada del administrador de una cuenta de Facebook muy frecuentada por policías (más de 130.000 seguidores): “os pido calma y mano izquierda, compañeros […] Esto se ha convertido en una cacería absurda, en un descontrol de macarrismo uniformado”… Junto al abuso policial, se ha producido además otro fenómeno inquietante: el acoso social a que muchas personas, desde sus balcones, someten a los presuntos infractores que transitan por la vía pública, en muchos casos con una razón legítima. El terror ha convertido a muchos ciudadanos en vulgares delatores.

España es ya una democracia madura, y semejantes episodios no son categóricos: cualquier desliz policial es corregido en la práctica, y cualquier abuso normativo —como la “ley mordaza” de ese siniestro personaje que es Fernández Díaz, padrino de la ‘policía patriótica’— terminará siendo revocado por el mismo parlamento que lo aprobó en circunstancias excepcionales (ya lo hubiera sido si este periodo no hubiese estado cargado de tantas incidencias). Pero en democracias más jóvenes e inmaduras, como la de Hungría —un país que viene de una larga noche autoritaria—, el aclamado líder Viktor Orban, que logra inexplicables mayorías apoteósicas en las urnas, ha aprovechado el coronavirus para declarar un estado de alarma que le otorga poderes ilimitados e indefinidos.

Llueve sobre mojado en este caso: la Unión Europea ha lanzado varias advertencias sobre Budapest por las propensiones totalitarias de este personaje que, entre otras lindezas, está sometiendo al poder judicial de su país, y en esta ocasión los gobiernos de Alemania, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Holanda, España, Portugal y Suecia han publicaron un comunicado en el que afirman estar “profundamente preocupados” por esta deriva, que sin embargo no recibe de momento una respuesta institucional de Bruselas, que debería aplicar los Tratados con mayor rigor. Dicen que von der Leyen simpatiza con el grupo de Visegrado (Hungría, Polonia, Chequia y Eslovaquia), euroescéptico y no instalado todavía del todo en la tradición parlamentaria y democrática occidental.

La deriva autoritaria

Lo más grave no es que hayamos tenido que aislar por unos días a los miembros de la sociedad gozosamente abierta que tenemos sino que los enemigos de semejante modelo providencial estén tramando un escenario autoritario para el día después

Probablemente sea inevitable que, cuando se limitan las libertades por cualquier razón, incluso legítima, sobrevienen los abusos si no se presta atención especial adonde acaban los linderos del estado de derecho. Pasó aquí cuando la lucha antiterrorista, tan justificable, fue dotada con atribuciones extraordinarias que facilitaban su papel a la policía; aquella legislación especial sirvió a algunos de excusa para sobrepasarse y no resultó fácil regresar al punto de origen cuando la permisividad dejó de estar justificada. Y ahora, cuando el Estado está cargado de razón para imponer a los ciudadanos el aislamiento social, no faltan algunos que disfrutan con el poder inmenso y tutelar que han recibido temporalmente, y amilanan, a veces sin razón, a los ciudadanos comunes que orillan el confinamiento. Pero lo más grave no es que hayamos tenido que aislar por unos días a los miembros de la sociedad gozosamente abierta que tenemos sino que los enemigos de semejante modelo providencial estén tramando un escenario autoritario para el día después, con el argumento de que los estados de derecho pluralistas y tolerantes no son capaces de comportarse ni de autocontrolarse, por lo que es preciso invocar nuevos modelos populistas de autoridad que sean realmente eficientes, como el sistema chino sin ir más lejos. Es fácil advertir, poniendo el oído atento a la captación de un ruido exterior, que estos movimientos solapados a nuestro alrededor significan que, como ha escrito José María Lassalle, “el neofascismo se prepara para el horizonte de la pospandemia”.

El relato preponderante, que pretende cargarse de razón con el infortunio de tantos, es efectivamente el de Vox, que sale beneficiado de la emergencia: la auténtica seguridad se consigue mediante el aislamiento y la introspección —el nacionalismo— y el consiguiente cierre de fronteras, que evite los contagios (y no sólo los biológicos, también los intelectuales). Y la eficacia frente al enemigo que viene de fuera tan sólo se logra mediante la uniformidad más estricta, sin vacilaciones ni fisuras, promovida por una autoridad incuestionable y dotada de todos los poderes. Este criterio lleva a repudiar definitivamente la descentralización y, por supuesto, ese confuso estado de las autonomías, que no es más que una ideación malévola de nuestros enemigos para debilitarnos. “El objetivo [de estos neofascistas] —escribe Lassalle— es restablecer la lógica amurallada de la edad media, cuestionar la globalización y defender liderazgos carismáticos que busquen culpables en Europa y enemigos entre los defensores de la institucionalidad liberal de la democracia. Una apología de la dictadura para tiempos de excepción normalizada como los que se avecinan. Una apología del orden y la seguridad que habrá que combatir haciendo pedagogía que convenza a la sociedad de que los riesgos globales se resuelven con más gobernanza global y más libertad”.

La gobernanza

Efectivamente, el término gobernanza, a veces usado impropiamente, se empezó a utilizar a finales del siglo pasado para expresar la eficacia, calidad y buena intervención del Estado, atributos que remarcan su legitimidad y que se extienden al estadio superior de la globalización. Para el buen funcionamiento de las sociedades, es preciso institucionalizarlas y normativizarlas con la aquiescencia democrática de grandes mayorías.

El coronavirus se ha formado y se ha extendido con tan asombrosa facilidad porque China, que no es una democracia, no ha sabido modernizar —occidentalizar— sus reglas sanitarias, cuya rusticidad hizo posible el salto de un patógeno desde un animal salvaje al ser humano en el insólito escenario de un mercado urbano. Y la extensión rápida de la pandemia a lomos de la globalización se vio facilitada por la debilidad de la Organización Mundial de la Salud y por la falta de previsión de la Comunidad Internacional, que no creía posible que se produjera aquel fenómeno medieval que causaría decenas de miles de víctimas en todo el orbe y acabaría paralizando a la especie humana, supuesta dueña del planeta.

La respuesta al terrible suceso no consiste en repudiar la globalización ni en alzar muros, sino en implementar un multilateralismo que ponga orden democrático en el caos

La respuesta al terrible suceso que estamos combatiendo no consiste por tanto en repudiar la globalización ni en alzar muros como hace insidiosamente el populismo reaccionario de Trump o Netanyahu, sino en implementar un multilateralismo paccionado que ponga orden democrático en el caos. Es preciso universalizar las prevenciones sanitarias a escala global, porque el comercio y el turismo son globales y no hay barreras que puedan frenar una pandemia. Instituciones como la ONU, la OMC y —en el caso que nos ocupa— la OMS deben ser fortalecidas como pilares esenciales que son de la seguridad y del progreso. Nuestro pecado ha sido el de no defender con suficiente energía este multilateralismo basado en los mismos valores que vertebran nuestras grandes democracias. Y hemos de precavernos tanto de quienes quieren competir con nosotros sin tomar las debidas precauciones de salubridad y sin aprovecharse de un destructivo dumping social, cuanto de los que aprovechan los fallos de la globalización para intentar apoderarse de las libertades y llevarnos de vuelta a las cavernas.

Iberia Navidad
Antonio Papell
Director de Analytiks

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