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Las oportunidades de ERC en España y en Cataluña

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ERC Gabriel Rufián

Los resultados de las elecciones del 10N han proporcionado a Esquerra Republicana de Catalunya, con sus 13 escaños, una influencia que puede ser decisiva en la consecución de investidura de Sánchez, tras el pacto PSOE-UP ya consolidado. En efecto, la abstención de ERC en el Estado permitiría a Sánchez a obtener en la segunda votación de investidura 169 escaños si no hubiese más abstenciones, un apoyo posible de obtener teniendo en cuenta que PSOE, UP, PNV y Más País ya suman 164 votos.

La dificultad estriba sin embargo en que ERC se puso fuera de la ley al embarcarse en el ‘procés’, lo que le costó la condena de algunos dirigentes, su líder Junqueras entre ellas, por lo que existe una contradicción evidente entre esta situación —Junqueras está en prisión cumpliendo una larga condena— y la cooperación de ERC con el gobierno socialista, que obviamente representa la posición constitucional que invariablemente niega la secesión de Cataluña.

Con todo, la apelación al realismo político indica que ERC tiene hoy en su mano la oportunidad de conseguir varios objetivos al mismo tiempo: si se presta a cooperar y consigue un buen entendimiento con la izquierda estatal, podría abrir una vía de diálogo y negociación que permitiera desbloquear el conflicto catalán, que está agotado en la dirección unilateral que emprendió. Al propio tiempo, semejante relación abriría el paso a reformas institucionales que mejoraran la posición de Cataluña en el contexto estatal. Y por último, ERC podría contribuir al progreso de España, cuyas políticas sociales sufrieron un serio frenazo con la crisis y no se han recuperado todavía. Finalmente, si se avanzase en toda estas direcciones, podría precipitarse la rehabilitación de las personas que cumplen condena por sedición a raíz de los sucesos del 1-O.

Los inicios de ERC

Esquerra Republicana de Cataluña es una organización fundada en 1931 por Jaume Aiguader en la ‘Conferencia de Esquerras Catalanas” celebrada en marzo de 1931 –vísperas de la proclamacioón de la República— en Barcelona, como fruto de la convergencia de los partidos de Lluis Companys (Partit Republicà Català), de Francesc Macià (Estat Català) y del grupo formado en torno al seminario ‘L’Opinió’ de Joan Lluhí.

Aquel partido por acumulación se presentó a las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 con Macià a la cabeza y las ganó, y el día 14, sobre las dos y media de la tarde, poco antes de que se proclamara la República en Madrid, Macià declaraba ‘l’Estat Català’, “que con toda cordialidad trataremos de integrar en la Federación de Repúblicas Ibéricas”. El resto de la historia es bien conocida: Macià asumió el poder en Cataluña, pero el gobierno provisional republicano tuvo reflejos y envió a tres ministros (los catalanes Marcelino Domingo y Lluis Nicolau d’Olwer, más el socialista Fernando de los Ríos) a negociar con Macià, quien, según ha explicado Santos Juliá, se avino a renunciar a la “República Catalana” a cambio de que las futuras Cortes Constituyentes asumiesen el Estatuto de Autonomía que decidiera Cataluña, previamente “aprobado por la Asamblea de Ayuntamientos catalanes”, y de que el Consejo de Gobierno de la República Catalana se denominase Gobierno de la Generalitat de Cataluña, con lo que se recuperaría “el nombre de gloriosa tradición” de la centenaria institución del Principado que fue abolida por Felipe V en los decretos de Nueva Planta de 1714.

La nueva Generalitat asumiría las funciones de las cuatro diputaciones catalanas y sería la encargada de organizar una Asamblea con representantes de los Ayuntamientos hasta que el Parlament fuera elegido directamente.​

La tradición republicana y de izquierdas de ERC es por lo tanto innegable. Durante el franquismo, pasó a la clandestinidad, y sus dirigentes fueron a Francia. Lluis Companys fue detenido por la Gestapo, entregado a Franco y fusilado inicuamente en Montjuic en 1941. En el exilio, la llama de ERC fue mantenida sucesivamente por Josep Irla hasta 1954 y desde aquella fecha por Josep Tarradellas, quien a la muerte de Franco recibiría el reconocimiento de las fuerzas democráticas de la Transición y desempeñaría un gran papel en la recuperación de la Generalitat y el diseño del Estado de las Autonomías.

Diferente del nacionalismo conservador

Este relato permite diferenciar a Esquerra Republicana del nacionalismo conservador, de raíces fuertemente identitarias y étnicas, que dio lugar a Convergencia Democrática de Cataluña (CDC) de la mano de Jordi Pujol, y constituye un argumento poderoso que deberían esgrimir Junqueras y su gente para proporcionar estabilidad a un gobierno de izquierdas, que por otra parte es el único capaz de abrir un diálogo fecundo y comprensivo con Cataluña. La inflexibilidad constitucional del PSOE no significa que los socialistas no estén dispuestos a recorrer un dilatado camino de reformas.

Ya se sabe que el apoyo de ERC a la izquierda española será recibido con pitos e insultos por los compañeros de viaje accidentales en la aventura soberanista, pero, después de lo ocurrido, ¿qué sentido tiene que los republicanos mantengan el abrazo con la posconvergencia reaccionaria —Mas, Torra y Puigdemont son la reacción personificada—, renunciando a su dimensión progresista y por tanto a la formación de mayorías de izquierdas que trabajen por la mejora de la realidad social de Cataluña y del resto del Estado? Es bien evidente estos días el nerviosismo de Torra cuando ve que el acuerdo de ERC con la izquierda española es perfectamente posible, y resultan patéticas las apelaciones de Torra a Junqueras para que ERC exija lo imposible con tal de que fracase el intento negociador.

En la coyuntura actual, lo lógico es que ERC abandone la actual deriva, que encona el conflicto y que impide avanzar hacia ninguna parte, y regrese a los términos de la conversación política con la izquierda estatal. De esta forma, la contribución de ERC a la estabilidad estatal tendría como contrapartida la apertura de nuevos horizontes para Cataluña. Horizontes que han de basarse en la transversalidad y que, si no se alcanzan, pueden degenerar hacia paisajes desolados que nunca quisiéramos contemplar.

Hacia un segundo tripartito catalán

El apoyo o la abstención de ERC en el Estado dejaría el camino expedito a la formación de un tripartito catalán tras las elecciones autonómicas, que se precipitarían si Torra fuese inhabilitado (en este caso, asumiría la presidencia el vicepresidente, Pere Aragonès, quien no tiene potestad para disolver el Parlamento ya que no es diputado, por lo que la cámara catalana, según su reglamento, debería elegir a un nuevo presidente. Si en diez días no lo consiguiese, se convocarían elecciones en el plazo de dos meses).

Para plantear esta fórmula, conviene recordar que la gran coalición CiU-ERC es contra natura desde el punto de vista ideológico. Además, Esquerra Republicana, la formación de Josep Tarradellas –dignísimo representante en el exilio de la fuerza republicana catalana hasta la instauración por Adolfo Suárez de la Generalitat provisional-, fue duramente combatida por el nacionalismo conservador de Jordi Pujol, quien formó un partido a su imagen y semejanza y que planeó una sutil pero dudosamente democrática hoja de ruta de ‘catalanización’ que pudo comenzar a ejercer en 1980 cuando, tras las elecciones autonómicas del 20 de marzo de aquel año, la coalición Convergència i Unió ganó contra pronóstico las elecciones con 43 escaños de los 135 de la cámara, resultando Pujol investido en segunda votación gracias a los apoyos de su formación, a los 14 escaños de Esquerra Republicana de Cataluña, entonces liderada por Heribert Barrera, y a los 18 de la UCD encabezada por Antón Cañellas.

Pujol se mantuvo en el poder hasta 2003, en tanto ERC se mantenía en la mediocridad y casi siempre en la oposición: obtuvo sólo 5 diputados en 2004, con Heribert Barrera; 6 en 1988 con Joan Hortalá; 11 en 1992 con Àngel Colom; 13 en 1995 también con Colom; 12 en 1999 con Josep Lluis Carod Rovira… y 23 en 2003, también con Carod Rovira, quien recogió la irritación que había provocado en el Principado la política beligerantemente centralista de Aznar en su segunda y autoritaria legislatura. En 2002 hubo un clamoroso incidente protagonizado por Carod Rovira, quien cometió el error de dar a entender que había exigido a ETA que dejase de atentar en Cataluña en reuniones mantenidas con Batasuna cuando esta formación era legal. En todo caso, en 2003, ERC, en lugar de respaldar a la también formación nacionalista CiU, que había ganado las elecciones autonómicas con Artur Mas a la cabeza, dejó a este con un palmo de narices y formó con el PSC y con ICV el “tripartito” de izquierdas. Predominó el vector progresista sobre la pulsión nacionalista.

Aquel tripartito pudo haber resuelto el malestar catalán de la época, ya visible cuando empezó a ser evidente que el “oasis catalán” que había durado todo el mandato de Pujol —23 años— empezaba a oscurecerse (ente otras razones, porque comenzaban a conocerse las corrupciones de CiU). Maragall no atinó en el desempeño de su papel y contribuyó a poner en marcha un proceso reformista que naufragó. La reforma estatutaria, que hubiera necesitado simultanearse con una reforma constitucional, se estrelló en el Tribunal Constitucional cuando ya la habían refrendado los catalanes, y de aquellos polvos vienen los lodos rupturistas del 1-O y aledaños.

La secesión ha fracasado

El intento secesionista unilateral ha fracasado, no tiene visos de prosperar en el futuro y la masa crítica del independentismo es notoriamente insuficiente hasta para plantear la pretensión de la ruptura (el propio Torra cifró el apoyo obtenido por el soberanismo en las últimas elecciones generales en el 42%). No hay por tanto razón para que ERC mantenga vínculos sentimentales ni mucho menos políticos con el PDeCAT, unas siglas que ocultan las de una CiU corrupta con la que se enriquecieron ilícitamente la familia Pujol y una parte de la burguesía catalanista más afín al ‘régimen’. Y sí la hay para que ERC recupere sus esencias progresistas y contribuya tanto a la estabilización del Estado cuanto al acometimiento de un conjunto de reformas que mejoren el statu quo de Cataluña dentro del sistema. Por decirlo más claro, no hay razón para que ERC enajene su respetabilidad manteniendo una fraternidad injustificable con los Puigdemont y los Torra, que exhiben un nacionalismo identitario a la vieja usanza, emparentado con otros nacionalismos reaccionarios y racistas de amargo recuerdo.

Si esta emancipación se produce, el gobierno español de centro-izquierda y un hipotético tripartito catalán –PSC-ERC-Comunes— podrían planear una evolución del marco institucional y una racionalización del estado de las autonomías, que inexorablemente ha de avanzar hacia una federalización de sus estructuras. Un Senado elegido por los entes territoriales y con potestad legislativa en normas transversales al estilo de Bundesrat alemán sería una herramienta magnífica para plantear y resolver la mayoría de los desentendimientos que hoy nos mantienen inmovilizados.

Iberia Alexa
Antonio Papell
Director de Analytiks

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