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¿Libertad de expresión? Solo si piensas como yo

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¿Libertad de expresión? Solo si piensas como yo 1

Decía Noam Chomsky, célebre lingüista y activista, que “si no creemos en la libertad de expresión para la gente que despreciamos, no creemos en la libertad de expresión”. Y este es un problema que aqueja a España y que se alienta desde diferentes planos, uno especialmente peligroso: el de los medios de comunicación. Si no piensas como yo, como nosotros, tu opinión no vale nada.  Algunos medios han pasado de ser generadores de opinión a censores de ideas. La irresponsabilidad de quienes tienen un altavoz para llegar a toda España es inversamente proporcional a su capacidad para comprender la aserción de Chomsky.

Hablemos, ahora en frío, del ‘caso Piqué’. Cualquier futbolista o deportista puede mostrar su aprecio a España y, obviamente, no pasa nada, no se dedican editoriales en su contra; más bien al contrario, se realizan artículos donde explican ‘¿Cómo es posible que Nadal caiga bien a todos los españoles?’ (en El País). A todos. Sin distinción. Te cae bien y punto. Y es así porque piensa como nosotros. En cambio, si eres Piqué, la cosa cambia, y te dedican editoriales en los que te piden que pares de opinar.

El director de El Larguero, Manu Carreño, comentó el mes pasado que a Piqué había que silenciarle de algún modo. “(…) A Piqué hay que decirle que ya. Que ya conocemos sus opiniones políticas. Que ya conocemos que está a favor del derecho a decidir. Que ya conocemos lo que ha venido diciendo en los últimos días, semanas y en los últimos tiempos. Y lo respetamos. Tanto su opinión como la del resto de jugadores que no se pronuncian públicamente. Porque aquí todo el mundo tiene ideas políticas. No solo Piqué. Todos tienen ideas. Unos son más prudentes, más discretos, más reservados. Y Piqué no. Pero todo tiene un límite”.

En un solo párrafo, el director del programa radiofónico deportivo líder de la noche amaga con la censura a un futbolista, aunque luego dice ‘respetar’ sus opiniones, en un gesto de infinita bondad por su parte. Sin embargo, antes de acabar, a modo de breve corolario, le vuelve a recordar que sus opiniones tienen un límite. No voy a plasmar aquí lo que respondió el central catalán cuando le preguntaron acerca de su incongruencia por vestir la elástica roja porque no pretendo defender su postura, sino la de algo tan valioso como la libertad de expresión. Y que conste que lo que dice Carreño no es una opinión aislada ni esto es un ataque personal. En los bares, en las calles y, probablemente, en las casas, –ya no hablemos de las redes sociales– el sentimiento de repulsa hacia el que no piensa como nosotros es generalizado.

Otro caso paradigmático de cómo reaccionamos frente a según qué mensajes lo encontramos en la revista Charlie Hebdo. Tras la masacre cometida en la sede de la revista satírica, Occidente se volcó con las víctimas, y en las redes sociales se popularizó la etiqueta #JeSuisCharlie. Todos éramos Charlie, todos nos sentíamos víctimas. El magacín humorístico francés se caracteriza por jugar con los límites del humor, por ello han caricaturizado en varias ocasiones a Mahoma, a sabiendas de que es una falta de respeto para los musulmanes. En Occidente reaccionamos de aquella manera porque nos parece una aberración no poder hacer un dibujo de una figura sagrada, por eso reaccionamos de aquella manera. Era un ataque a nuestra forma de vivir. Todos éramos Charlie.

Sin embargo, dejamos de ser Charlie cuando, meses después, los dibujantes y caricaturistas decidieron llevar a su portada un tema delicado: el terremoto en Italia que acabó con la vida de unas 300 personas. ‘Seísmo a la italiana’ fue el titular que eligió la publicación, donde se comparaba a las víctimas con un plato de lasaña, como si la sangre fuese salsa de tomate y los cadáveres que permanecían entre los escombros la carne picada. Ese humor ácido (o negro) no gusta a todo el mundo. “Hoy ya nadie es Charlie”, tituló Il Corriere della Sera, una opinión que se generalizó en las redes sociales. Libertad de epresión, sí; pero solo si no vas a ofenderme.

Si no nos gusta lo que vemos u oímos, nos escandalizamos. No soportamos a los que piensan de otra manera. Lo mismo ocurrió con el famoso autobús de Hazte Oír, al que se le prohibió circular por llevar los mensajes “Los niños tienen pene, las niñas tienen vulva. Que no te engañen” y “Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo”. Finalmente, la Audiencia Provincial decidió enmarcar los lemas del vehículo en un “debate –social, político, ideológico– de ideas” y subrayó que “los delitos de odio son algo muy distinto a profesar y difundir una ideología, incluso por muy minoritaria que pudiera ser (…) Las ideas como tales no deben ser perseguidas penalmente, en especial cuando no se focalizan específicamente sobre ningún grupo determinado”. No persigamos a las ideas, por poco que nos gusten o por muy repulsivas que sean.

Sergio García M.

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