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Los indignados impulsan a Trump

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Los indignados impulsan a Trump 1

Donald Trump, que consiguió su popularidad como showman en la televisión, hizo varias películas horrorosas y llegó a ser un personaje esporádico de la serie Los Simpson, es en política un demagogo de poca monta, que exhibe la arrogancia primaria de los multimillonarios de segunda generación y un discurso agresivo y elemental que difícilmente podría convencer a ciudadanos ilustrados, conscientes de la complejidad de la cosa pública y del papel del Estado en una democracia madura. Y, sin embargo, ese personaje atrabiliario que ha recurrido al insulto y a la descalificación sistemática en la campaña, se ha convertido por sufragio popular en el próximo presidente de Estados Unidos, frente a una mujer con gran experiencia personal que se había además constituido en albacea del presidente saliente, Obama, un personaje de indudable prestigio que ha trabajado con inteligencia, con tesón y con relativo éxito en la redención de las clases más humildes, en la nivelación social del su país, en la recuperación de la crisis económica –consecuencia de los abusos del sistema financiero en tiempos del republicano Bush– y en la conquista del pleno empleo, que es ya una realidad en Estados Unidos. En cierto sentido, la opción Trump, aunque legítima sin duda, tiene visos de ser uno de esos errores históricos que lastran a un país, detienen su avance y le hacen perder una o varias generaciones.

Semejante acontecimiento inesperado, que ni una sola encuesta consiguió pronosticar –los sondeos anunciaron unánimemente y hasta el último momento una victoria de Clinton— representa sin duda una grave contrariedad para el avance ideológico y moral de la sociedad americana; el control por los republicanos de ambas cámaras y de la presidencia, que influirá decisivamente en la renovación del Tribunal Supremo, tendrá consecuencias que durarán al menos 30 años, según los especialistas; el fin del sistema sanitario público, el Obamacare, será probablemente la primera víctima. Y semejante deriva no puede explicarse teniendo en cuenta solamente la personalidad desigual de ambos candidatos, con sus respectivos bagajes doctrinales y pedagógicos.

Tampoco es simple el análisis del Brexit, que supuso la ruptura abrupta de una sociedad de naciones construida exitosamente con el objetivo explícito de generar vínculos intraeuropeos que evitasen una tercera guerra mundial. Aquella decisión británica fue compleja y tuvo una génesis sociológica de gran calado. En realidad, Lo que ha ocurrido en Norteamérica con la elección de Trump, al igual que en el Reino Unido con el Brexit, es que los trabajadores de clase media —equivalentes en la distancia a los sans culottes de la Francia revolucionaria en el sigo XVIII—, alejados de la aristocracia del poder y del dinero, han reventado de irritación por el maltrato recibido. El sistema establecido –político, económico y social–, culpable sin duda de la gran crisis de 2008 que ha generado marginalización, pobreza y miedo, prisionero de potentes intereses corporativos y a merced de las grandes tendencias globales, se ha olvidado por completo de los ciudadanos y ha condenado a las clases medias a la desesperación. Tanto en los Estados Unidos como en Europa, ese estrato intermedio que formaba el núcleo ampliamente mayoritario de la sociedad civil se ha proletarizado y hoy asistimos sin asombro a la evidencia de que un puesto de trabajo ya no equivale a una oportunidad vital. La inmensa mayoría de los jóvenes no puede independizarse ni formar un hogar aunque consiga integrarse en el mercado laboral. Y sus expectativas a medio y largo plazo son nulas.

Junto a ellos, trabajadores de mediana edad deambulan por las antiguas ciudades industriales, hoy convertidas en desiertos, conscientes de que su destino es trágico, mientras ven que su actividad ha sido trasladada a otros países donde es más fácil la explotación de los trabajadores, con lo que se logran ventajas competitivas: mientras Detroit se ha vuelto una ciudad fantasmagórica y desolada, México fabrica más de 300.000 vehículos norteamericanos al año. ¿Tiene esto sentido? ¿Son capaces de entenderlo los trabajadores expulsados de sus fábricas?

En definitiva, los jóvenes no tienen horizonte ni en Estados Unidos ni en el sur (y otras zonas) de Europa, mientras millones de trabajadores mayores han resultado damnificados por la crisis económica y por las reconversiones y deslocalizaciones a consecuencia de la globalización, sin que el Estado muestre un interés real por redimirlos. Y sin que los patrocinadores de esta globalización sientan la necesidad de regularla para evitar abusos. Con este panorama se entenderá que la fe en el sistema establecido sea cada vez menor. Que el apego a la democracia, convertida en retórica y gestionada por un establishment endogámico y con frecuencia corrupto, decrezca peligrosamente.

En España, el nacimiento de Podemos tiene estas mismas causas: el movimiento del 15M y su explotación por la organización erigida por Pablo Iglesias provienen de la indignación social generada por la deriva del Estado y por la corrupción de sus gestores y llenan el vacío dejado por las fuerzas tradicionales, con las que sectores de población muy amplios han dejado de sentirse identificados.

En definitiva, el paso siguiente a la irritación amplia y estructural es el triunfo sistemático de las opciones radicales, populistas, de tintes neofascistas o de izquierda extremada, que se oponen a todo lo existente y, sobre este designio, elaboran un discurso rompedor. Es evidente que estas opciones “nuevas” son muy distintas entre sí, y que nada tiene que ver Trump con Podemos ni Podemos con el Frente Nacional de Le Pen, ni este con el UKIP británico o con la AfD alemana, la Liga Norte italiana o el propio M5S de Beppe Grillo en ese mismo país, pero estas formaciones emergentes coinciden en un punto esencial: la crítica descarnada y franca al sistema establecido, con hincapié en sus deficiencias más flagrantes y con énfasis en sus principales defectos.

Si se analiza la situación con ecuanimidad, tratando de que lo subjetivo permanezca embridado, se llegará probablemente a la conclusión de muchas de las críticas de estos indignados son certeras e incuestionables. Aunque algunos —¿cuántos?…— continuemos pensando que la democracia parlamentaria, con su juego interno de frenos y contrapesos, sigue siendo el menos malo de los sistemas políticos. Pero se han cometido demasiados errores y probablemente quienes creemos todavía en la posibilidad de redención del sistema estemos ya en minoría.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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