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Mohamed bin Salmán, príncipe y caudillo

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Mohamed bin Salmán

El asesinato de novela negra de Jamal Khashoggi ha metido en un laberinto diplomático a la Casa Real saudí. La credibilidad y la imagen del país están más dañadas que nunca. Tanto, que algunos incrédulos pensamos que las grandes democracias occidentales barrerían la ponzoñosa alfombra de impunidad con la que se pasea el régimen saudí allá por donde va. Detener y eliminar a disidentes y críticos con los Saúd no es nada nuevo en el Reino, pero la muerte del periodista es solo una muestra más de la hipertrofia autoritaria del régimen. Y el culpable no es otro que el príncipe heredero, Mohamed bin Salmán.

Maquiavelo dijo que existen dos maneras de combatir. “Una, con las leyes; otra, con la fuerza. La primera es distintiva del hombre; la segunda, de la bestia. Pero como a menudo la primera no basta, es forzoso recurrir a la segunda. Un príncipe debe saber entonces comportarse como bestia y como hombre”. No hace falta añadir mucho más.

La familia

La ya mascada etiqueta de ‘hombre fuerte’ no se la coloca quien firma estas líneas. En el pasado, el poder en Arabia Saudí se distribuía entre varios príncipes. Un ministerio para uno, otro para el siguiente, y así. Todos respondían ante el rey, que era también el jefe del Estado y el patriarca de la Familia Real. Esta distribución generaba fricciones entre los príncipes, pero el equilibrio servía para restringir el poder del monarca, ya que tenía que consensuar sus decisiones, según explica Foreign Affairs.

El rey Abdallá (1924-2015) fue el último en reinar con este acuerdo, tras suceder a su hermanastro, el rey Fahd. Como otros antes que él, aceptó gobernar escuchando a sus hermanos; a diferencia de otros, fue el único en presenciar la muerte de dos de sus herederos (su medio hermano, el príncipe Sultán, en 2011, y su hermano mayor, el príncipe Nayef, en 2012).

Abdallá, mientras sus sucesores estaban en el lecho de muerte, creó el cargo de subpríncipe heredero para tapar cualquier vacío de poder. Esa silla la ocuparía instantáneamente su hermanastro, el príncipe Salmán, actual rey de Arabia Saudí desde 2015. Abdullá también creó un órgano consultivo llamado la Comisión de Lealtad, formada por 35 príncipes y sus hijos, para supervisar la sucesión en caso de que él o el príncipe heredero falleciesen.

Más autoritarismo que nunca

El rey Salmán obvió la Comisión de la Lealtad nada más sentarse en el trono y tendió una alfombra roja a su heredero, Mohamed bin Salmán: eliminó de su camino a los príncipes herederos Muqrin y Mohamed bin Nayef.

Salmán rompió el pacto familiar y dejó que el cauce del poder mojase únicamente sus pies y los de sus propios hijos. Hay que decir que las circunstancias familiares le favorecieron. La mayoría de sus hermanos ya estaban muertos cuando él heredó el trono, lo que le sirvió de puente para saltarse a sus sobrinos. Solo uno de sus hermanos, el príncipe Ahmad, era del agrado de Salmán, pero dada su irrelevancia (nunca había ocupado un cargo importante en el gobierno) no fue muy difícil ignorarlo.

En el tablero saudí, Mohamed bin Salmán es la pieza más importante. Se juega si él quiere, se acaba cuando él ordena. Con poco más de 30 años, MBS es príncipe heredero, viceprimer ministro, ministro de Defensa, presidente del Consejo de Asuntos Económicos y de Desarrollo y presidente del Consejo de Asuntos Políticos de Seguridad. También controla Aramco, la empresa estatal de petróleo y gas natural. Todo el poder para él.

Mohamed bin Salmán ha tratado en los últimos tiempos de maquillar el régimen. Las mujeres ya no tienen prohibido conducir y la cultura pop y el entretenimiento ya no están vetados. Sin embargo, la represión de las voces críticas no cesa, y da igual de dónde procedan. A MBS no le importa si eres un bloguero y hay que condenarte a mil latigazos o si eres un príncipe y hay que hacer una purga con la excusa de barrer la Corte de corrupción. La democratización de la represión.

La relación entre EE. UU. y los saudíes

Si nadie desde dentro del Reino puede poner coto al poder de MBS, quizá haya que mirar al exterior. Y aquí, el único capaz de hacer un cortafuegos es EE. UU., el principal garante del régimen saudí… y principal vendedor de armas.

Las relaciones entre ambos países se establecieron hace más de 50 años. Los primeros mandatarios que se estrecharon la mano fueron Franklin D. Roosevelt y el rey Abdulaziz a bordo del USS Quincy en el Canal de Suez. El petróleo y la posición estratégica de Arabia Saudí para los intereses militares estadounidenses sirvieron de pegamento para construir una relación duradera, prolongada hasta nuestros días.

Y eso que, como en toda relación, pasaron por baches. El más grave fue el que sucedió tras los atentados del 11 de septiembre (en el secuestro de los aviones estuvieron involucrados 15 saudíes). Aunque no fue menos importante el encontronazo que mantuvieron ambos países después de que el expresidente Barack Obama firmase el acuerdo nuclear con Irán, enemigo número 1 de Arabia Saudí en la región.

No es posible tener una relación normal con Riad. El Reino no posee instituciones sanas, como un gobierno electo, un parlamento plural o un poder judicial independiente. Y en un país en el que el poder reside en unas únicas manos es muy difícil explicar que el entramado pergeñado para asesinar a Khashoggi escapase a su control.

Estos actos merecen consecuencias, y que se salgan de lo estrictamente económico. O Mohamed bin Salmán creerá que se sale con la suya.

Sergio Garvas

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