Política

No hay nada que hacer

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No hay nada que hacer 1
EL PRESIDENTE NACIONAL DEL PARTIDO POPULAR, MARIANO RAJOY, DURANTE SU VISITA A LA LOCALIDAD CANTABRA DE TORRELAVEGA. DONDE HA CLAUSURADO UN ACTO EN EL QUE TAMBIEN HAN PARTICIPADO ILDEFONSO CALDERON, CANDIDATO A LA ALCALDIA DE TORRELAVEGA E IGNACIO DIEGO, CANDIDATO A LA PRESIDENCIA DEL GOBIERNO CANTABRO.

Cada cierto tiempo me veo inmerso en la misma conversación. No falla. Hay veces que introduzco yo el tema, lo admito, pero en otras sale solo en la deriva de la tertulia. Da igual que estemos hablando del paro, de la precariedad laboral, de los rescates a la banca, del estadio del Atlético de Madrid, de la corrupción del PP, de la despoblación en Soria o, como toca últimamente, del desafío independentista en Cataluña. España no tiene políticos de nivel.

Aunque me aburre escribir todas las semanas de lo mismo, lo volveré a hacer una vez más -por el momento- porque el calibre de nuestros políticos y su relación con el problema catalán entroncan justo en el panorama que vamos a tener después del 1-O, como consecuencia del bajísimo perfil de los primeros. Porque ya no hay nada que hacer, que nadie se engañe.

No hay quien haya sabido parar, política mediante, el oleaje soberanista que, una vez tras otra, se ha topado con el dique de Rajoy, un gran don Tancredo que, precisamente por esa condición, anda algo justo en el manejo del capote. Por ende, el presidente del Gobierno es -cuando menos- corresponsable de lo que pase en este país desde el 2 de octubre. Comparte vitola con los cabecillas políticos del soberanismo, por supuesto. Ya no hablemos de la incapacidad, por una razón o por otra, del resto de parlamentarios para apagar un fuego que está más vivo y extendido que nunca.

Aplicar la Constitución para que el referéndum ilegal no se lleve a cabo el primero de octubre es lo que se tiene que hacer, pero sólo supone un poco más de gasolina para las llamas. Las instituciones judiciales del Estado también cumplirán con su deber en los próximos días e invalidarán cualquier votación. El proceso podría acabar, sin que nadie se extrañara, con algún que otro representante político catalán detenido o incluso con funcionarios expedientados por no acatar la ley y colaborar con un proceso ilegal. Y la justicia estará bien aplicada, pero no servirá para nada porque lo importante ya no es parar el 1-O, sino lo que vendrá después.

Que cada uno imagine las consecuencias que quiera, pero la mella de la incapacidad política ya ha dejado su muesca y es profunda. Puede pasar desde que el Gobierno de España se tome la revancha -a base de quitar beneficios estatutarios o de otro tipo- después de un pulso que le ha puesto colorado a nivel nacional e internacional; hasta que Rajoy tire de benevolencia y deje todo más o menos igual para empezar de cero una vez cobradas las cabezas políticas que han lanzado el órdago.

Ese sería, para mí, el mejor de todos los finales. Demostraría que en España aún queda algo de esa altura política que ha brillado por su ausencia hasta el momento y que ha provocado este enconado enfrentamiento. Si no se toma este camino, las consecuencias no se verán el primer día y tampoco el segundo. El problema, si de un cáncer se tratara, llevaría mucho tiempo oculto, no hubiera sido tratado con la medicina apropiada y presentaría signos de metástasis. Por eso, para salvar al paciente necesitamos, en lugar de políticos mediocres, los mejores médicos que haya en la sala.

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