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No vemos el horizonte, falta capacidad analítica

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No vemos el horizonte, falta capacidad analítica 1

La profunda transformación del comercio y del mundo del retail camina en paralelo a los grandes cambios de nuestra sociedad, de forma que su posible evolución durante los próximos años provoca incertidumbre, en parte por la ausencia de estudios y análisis de tendencia para conocer el marco en el que los nuevos operadores y, sobre todo, los inversores tendrán que llevar a cabo sus apuestas para asegurar el acierto de sus decisiones.

La Generación Y, también conocida como Generación del Milenio, millennial, es la cohorte demográfica que sigue a la Generación X. No hay precisión o consenso respecto de las fechas de inicio y fin de esta generación, aunque los estudiosos utilizan la década de 1980 como referencia.

Por aquellos años se inauguraba La Vaguada, que abriría sus puertas en 1983, justo una década después de que la constructora Banús vendiera los terrenos donde se edificaría el centro comercial a la sociedad francesa La Henin. Antes de su construcción, el proyecto contaba con un amplio rechazo de los vecinos del barrio del Pilar.

Así, en 1976, el movimiento vecinal del barrio se organizó en torno a una idea: “La Vaguada es nuestra”, de forma que pequeños comercios de toda la capital apoyaron la protesta contraria a la edificación del centro comercial, aunque las promesas, posteriormente incumplidas, de entregar toda una serie de servicios de carácter cultural, biblioteca y piscina municipal o centro de salud acabaron resolviendo en su momento la contestación y poniendo fin al rechazo y, en consecuencia, al conflicto.

Era el primer centro comercial de entidad de la capital, y prácticamente de todo el país, que aportaba un modelo copiado y seguido hasta hoy, sin que casi nadie se detenga a reflexionar sobre su futuro y capacidad de adaptación al nuevo modelo social.

Ahora, varias décadas después, un estudio realizado por el Bank of America asegura que al 63% de los millennials lo que de verdad les importa es ahorrar para vivir la vida o, mejor dicho, no ahorrar porque el largo plazo no preocupa en absoluto a los millennials, lo que de verdad les importa es ahorrar para vivir la vida “a su gusto”.

Para 2018 se espera que los millennials representen el 50 % del consumo. Es decir que la mitad de los bienes y servicios que se vendan van a ser para chicos nacidos en la generación Y. Será la generación más formada que no tendrá casa propia, es decir no tendrán la misma suerte que sus padres para comprarse una casa. Los cambios en el mundo laboral y el costo de vida obligará a vivir en la familiar.

El empleo también cambiará de manera drástica y, aunque lo hayamos negado como una opción posible, veremos llegar con toda naturalidad la renta universal, una forma de sistema de seguridad social en la que todos los ciudadanos o residentes de un país reciben regularmente una suma de dinero sin condiciones, ya sea desde un gobierno o alguna otra institución pública, además de cualquier ingreso recibido de otros lugares. La recibe todo miembro de pleno derecho o residente de la sociedad incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre o, dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quién conviva.

De hecho, hasta la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) juzga positivo que los países prueben la eficacia de la renta universal, como por ejemplo Finlandia u Holanda, pues el sistema de protección social actual se está quedando obsoleto.

Según la OCDE, la asignación de la renta universal significaría la eliminación de todas las ayudas o prestaciones sociales, como el paro, y solo se conservarían ayudas a la vivienda y a los discapacitados, de modo que se alcanza un equilibrio de las cuentas, por lo que su aplicación implicaría un aumento de los impuestos, sobre todo a los más ricos, para que el déficit no aumentase.

Mientras, las calculadoras están en marcha para conocer el coste de la idea. Así, el BBVA dice que la renta universal costaría 200.000 millones al año, beneficiaría a casi 44 millones de ciudadanos y, según la entidad financiera, ayudaría a reducir la desigualdad y la pobreza en España, aunque afirma que sería mejor explorar otras vías para mejorar el Estado de bienestar por el alto coste que supondría para las arcas públicas.

La mayor presión fiscal reduciría la oferta de empleo, ocasionando un efecto perverso y negativo sobre los salarios, de forma que acabaría perjudicando el crecimiento y generando un mayor nivel de fraude.

La nueva sociedad, los comportamientos del consumo y el deterioro en el modelo de empleo acabará ocasionando un nuevo esquema de comportamientos y evolución económica que hace predecible la necesidad de un diferente modo de analizar la realidad que permita anticipar el futuro ahora que la realidad impide ver e interpretar el horizonte.

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