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¿Optimismo o pesimismo?

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¿Optimismo o pesimismo? 1

La crisis económica, que nos atacó súbitamente y a traición cuando creíamos estar en el mejor de los mundos, con el desempleo reducido a niveles europeos, superávit público en los últimos ejercicios y el PIB per capita aproximándose provocativamente al de Italia, nos sumió como es natural en una profunda decepción, que en algunos casos y para ciertos actores ha degenerado en franca y peligrosa depresión. De la euforia de haber edificado un gran país, puntero en Europa y en la globalización, pasamos en pocos meses a una intensa sensación de fracaso. La ciclotimia histórica de los españoles, el paso del cero al infinito en apenas una generación, se había vuelto a reproducir, con razón o sin ella. Y en esas estamos todavía: como en el 98, una profunda reconcentración pesimista de los intelectuales se ha contagiado a la ciudadanía, que se ha cargado de dudas sobre la cualidad del presente, las capacidades que nos permitan progresar y las expectativas futuras, turbias y grises de momento.

En realidad, las reflexiones sobre esta situación son tardías. Seguramente, cuando nos hallábamos aún en el fragor de la batalla, las energías se dirigían a labores de simple supervivencia, a superar como fuera las dificultades, a remontar el vuelo desde el chapapote de la realidad, forjada en gran medida por nosotros mismos (la burbuja fue una pecaminosa creación autóctona, de la que todos sospechábamos pero que nadie se animó a atacar con el debido realismo). Pero en los últimos tiempos ha habido bastante literatura al respecto, que tiende a prodigar una visión negativa del presente y del futuro. Cuando algunos –bastantes, seguramente- pensamos lo contrario: que en el balance entre la caída del caballo en 2007 y hoy mismo predomina lo positivo sobre lo negativo, por lo que el saldo es favorable y debería movernos a un cierto optimismo (la ponderación de estos términos abstractos es siempre en todo caso personal).

No es este el lugar para antologías pero sí para reseñar este fenómeno y dar algunos ejemplos. Uno de los ensayos más resonantes sobre la crisis ha sido “Todo lo que era sólido” (2013), del académico Muñoz Molina (el libro ha sido objeto de agrio debate recientemente), que alcanza una elevada calidad literaria, como todo lo de este ilustre académico, pero que precisamente por ello derrama un pesimismo que a veces parece más estético que verdaderamente fundamentado. Diríase que Muñoz Molina sigue con pasión a Lorca –“el optimismo es propio de las almas que tienen una sola dimensión”- y desdeña a Ortega, quien se definía como un “ortodoxo del optimismo”. El lector de este volumen, que ha creado opinión profunda, saca la conclusión de que estamos en un país envejecido, dotado de un sistema político que se ha quedado obsoleto, con una clase política incompetente y con una ciudadanía desconcertada que no tiene claro el rumbo colectivo que quiere/debe emprender.

Sobre esta pátina decadente que dibuja Muñoz Molina han escrito diversos periodistas/ articulistas/ intelectuales. José Antonio Zarzalejos, por ejemplo, publicaba hace apenas unos días un artículo titulado “El declive español y los ocho fracasos nacionales”, en que enumeraba las principales razones de nuestra decadencia, no todas imputables al sistema político-económico sino también a las carencias del sistema social, a la idiosincrasia de los españoles y a la fatalidad.

Sintéticamente, las causas apuntadas por el articulista vasco son éstas

 1.-La recesión demográfica. Se han invertido los saldos migratorios entre 2008 y 2012, de modo que, poco después (2013-2015) la población española ha descendido y esa tendencia seguirá en los próximos años según los datos del INE. Esta situación pone en serio peligro la sostenibilidad de los sistemas de previsión, del sistema de pensiones en particular.

 2.-El envejecimiento de la población. Entre 2002 y 2015 la población entre 15 y 34 años se redujo en 2,2 millones de personas, mientras crecieron los rangos de más edad. España, también según el INE, será en 2050 uno de los países del mundo con el envejecimiento más acusado, sólo superado por Japón. La mencionada sostenibilidad padece también por esta causa.

 3.-Proletarización. En España los hogares con rentas medias han pasado del 38,5% al 31,2% del total. En 2004, las rentas medias alcanzan al 59%, en 2007 al 60,6% y en 2013 descendieron al 52%. La clase media española ha perdido a 3.500.000 ciudadanos que han pasado de una renta per cápita de 28.000 euros a otra de 22.000 en apenas seis años, un 20% menos.

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 4.-Corrupción exorbitante. España aparece a la cabeza de la UE en el ranking de la corrupción, junto con Grecia e Italia. Véase el informe sobre corrupción en http://ec.europa.eu/dgs/home-affairs/what-we-do/policies/organized-crime-and-human-trafficking/corruption/anti-corruption-report/index_en.htm

Zarzalejos explica que ‘Según un cálculo de la CNMC de 2015, la corrupción costaría al Estado 47.000 millones de euros al año (desviaría en la contratación pública un 25% del presupuesto), pero hay estudios universitarios que elevan esta enorme cantidad a otra superior: 90.000 millones’.

 5.-Desigualdad creciente. Según la OCDE, España es el segundo país de la organización en que más se ha incrementado la desigualdad con la crisis. Un 29% de la población española (13,4 millones de personas) se encuentra en riesgo de exclusión. El 1% de la población acumuló tanta riqueza como el 80% de los más desfavorecidos.

 6.-Economía anticuada. El sistema productivo español sigue dependiendo de sectores tradicionales (construcción, turismo, industria agropecuaria) y son aún débiles los sectores tecnológicos y los que incorporan más valor añadido. Lo que ha provocado una migración de talento de las generaciones más jóvenes.

7.-El sistema político, cuestionado. Con la crisis, han emergido fuerzas populistas, se ha hundido el bipartidismo imperfecto, se cuestiona el marco constitucional y han aparecido potentes movimientos secesionistas.

 8.-Crisis de elites. “El desprecio por los valores superiores de la cultura -en su acepción más amplia y más elevada-, el fiasco cíclico de las leyes educativas, la deslocalización empresarial progresiva -con la carga de desconfianza que conlleva hacia las gestiones de las grandes compañías- y los comportamientos públicos y privados inaceptables, pero asumidos con escaso reproche (nadie asume responsabilidades, o lo hacen muy pocos), han establecido un rasero social de mediocridad asfixiante”.

 Hasta aquí, la opinión de Zarzalejos.

 Estamos, evidentemente, andando sobre terrenos subjetivos, por lo que cabe invocar el oportuno símil de la botella medio llena o medio vacía según la describa el optimista o el pesimista. Pero muchos pensamos que España, que ha sufrido una crisis pasajera debida a la evolución cíclica de la propia historia, tiene muchas y poderosas razones para el optimismo. Un optimismo que debe estimular a los emprendedores, tanto en le terreno político como en el intelectual.

He aquí algunos argumentos sobre los que apoyar el optimismo:

  •  España cimentó sobre la Constitución de 1978 un espléndido sistema político de convivencia que ha desarrollado un estado de bienestar de los más avanzados de Occidente y posee un régimen de libertades sin parangón en Europa.
  •  Nuestro país tiene (2015, datos del FMI) un PIB per capita de casi 35.000 dólares, lo que nos concede el puesto 32 en el mundo, al mismo nivel que Italia. Los servicios públicos de educación y sanidad son de los mejores del mundo, según se reconoce internacionalmente.
  •  Nuestras empresas han conseguido un grado de internacionalización admirable. Somos grandes exportadores y las empresas constructoras españolas están a la cabeza del mercado mundial.
  •  España es un modelo en materia de promoción de la mujer. Estamos en los primeros lugares del ranking mundial en igualdad de géneros y en lucha contra la violencia de género.
  •  Somos ejemplo mundial en materia de convivencia pluricultural y en la extirpación de la xenofobia, pese a haber admitido abundante inmigración en los últimos años.
  •  Somos modelo en materia de progreso social y en derechos civiles. España fue el tercer país del mundo en legalizar las uniones homosexuales.
  • En las últimas décadas hemos experimentado una gran expansión en I+D.
  • Hemos vencido al terrorismo de raíz nacionalista sin la menor claudicación del Estado.
  • España está en cabeza en el desarrollo de Internet y en la desaparición de las distintas brechas digitales.
  • La tasa de delincuencia de España es de las más bajas del mundo, incluso en época de crisis.

La lista podría hacerse interminable, pero con esta relación es suficiente para poner de manifiesto que el pesimismo no se basa en datos incontrovertibles.

Seguiremos ponderando esta decisiva dicotomía.

Iberia Navidad
Antonio Papell
Director de Analytiks

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