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Pablo Iglesias: El riesgo de aburrirse

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Pablo Iglesias: El riesgo de aburrirse 1

No es fácil salir de la política airosamente, como bien pueden atestiguar nuestros ‘jarrones chinos’, los expresidentes del gobierno, con sus conocidas dificultades para ubicarse en un país en que la política discurre a toda velocidad y en que el olvido acontece sin avisar, cuando la memoria detecta lo insalubre de algunos recuerdos.

Viene esto a cuenta del devenir de Pablo Iglesias, un personaje que ha marcado toda una época y que, desde aquel movimiento de indignados que enarbolaban el ‘no nos representan’ que dio luz a Podemos, ha influido decisivamente en la modernización del sistema representativo español

Si bien ha terminado apartándose de la primera línea, cuando ha visto que su presencia era perturbadora hasta para sus propios seguidores.

Ahora, Pablo Iglesias se aburre, alejado de la potente tribuna que le proporcionaba su vicepresidencia del Gobierno, su escaño en las Cortes, su portavocía oficial. Y trata desesperadamente de mantener la audiencia, sin éxito. Baja su cotización en las encuestas y, lo que es más grave, afecta negativamente a sus epígonos en el Ejecutivo. Su ubicación entre el periodismo de aficionado y la política activa le otorga además un papel inquietante: se ha erigido en censor, no siempre atinado, de quienes estamos en los medios.

Quizá haya una receta útil que le valga, al menos a corto plazo: dedíquese Iglesias a pensar y a escribir, en lugar de estar tan atento a una política en la que solo puede influir tangencialmente.

Y prívese de montar altercados sobre las medias verdades que utiliza, porque quien se desacredita en estos casos es quien malmete contra persona que tienen, que tenemos, el prestigio intacto.

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