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Pedro Sánchez y la democracia directa

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Pedro Sánchez y la democracia directa 1

(Publicado en Colpisa el 24 de agosto)

El sociólogo socialista Ignacio Urquizu, quien declaró durante la campaña previa a las últimas primarias de su partido a la secretaría general que su intuición le llevaba a creer que Susana Díaz encabezaría la opción mayoritaria y dio toda clase de explicaciones sobre las ventajas que ello reportaría a su organización, ha desarrollado ahora en un largo artículo –“Una democracia sin responsables”— la razón teórica de su oposición a Pedro Sánchez, quien, como se recordará, antes del golpe de mano interno orquestado por Susana Díaz que lo defenestró, ‘amenazó’ con acudir a las bases para pedirles opinión sobre la conveniencia o no de que el grupo parlamentario socialista facilitase la investidura de Mariano Rajoy. Por aquel entonces, tras las elecciones generales de 2016, aquel debate estaba completamente abierto y el resultado de aquellos incidentes es bien conocido: tras la cuartelada que dejó fuera de juego a Sánchez, la gestora socialista ordenó manu militari la abstención que facilitó la formación de gobierno por el líder de los conservadores.

Urquizu reconoce que en nuestros días hay un déficit de control democrático que resta legitimidad a las decisiones que se adoptan. “La cesión de soberanía sin la necesaria rendición de cuentas puede ir minando la confianza ciudadana en el funcionamiento de nuestros sistemas políticos”, escribe. El creciente rechazo a la UE en España sería una prueba de ello, y “la solución pasa por mejorar la relación de responsabilidad entre la ciudadanía y las instituciones europeas, especialmente las que no dependen directamente de la voluntad popular”. Y esa relación no debería dar lugar a “un falso enfrentamiento entre los defensores de la democracia directa y los garantes de la democracia representativa” porque “la democracia se compone tanto de elementos de representación como de elección directa”. Sin embargo –y aquí empieza la paradoja— “un especial énfasis en la participación directa puede acabar deteriorando la relación de responsabilidad entre representantes y ciudadanía”.

“Los referendos —continua— pueden acabar siendo una forma de trasladar la responsabilidad de quienes tienen que tomar las decisiones hacia los ciudadanos”.  En esto hay un sofisma claro porque en democracia siempre son los ciudadanos quienes, directa o indirectamente, han de tomar las decisiones. Veamos un ejemplo de lo contrario: Zapatero tomó personalmente la decisión de reformar el artículo 135 CE, sabiendo seguramente la impopularidad que le acarrearía entre los suyos aquella decisión equivocada pero, según él, necesaria; de haberse preguntado a las bases, la medida no se hubiera adoptado seguramente. Urquizu deberá pensar que este es un ejemplo que confirma sus tesis –el liderazgo ejercido bajo la propia responsabilidad permite ‘el coraje de ser impopular’, según el conocido elogio de Talleyrand a Mirabeau—, y, sin embargo, el tiempo ha demostrado el inmenso error: España ha quedado en situación de inferioridad en Europa (otros países se negaron a llevar a cabo aquella reforma humillante, y Bruselas tuvo que retractarse) y se ha dado munición a los separatistas: la Constitución Española no es un freno ni un argumento de autoridad porque se puede cambiar a voluntad en unos días.

Tampoco gusta Urquizu de la elección directa de líderes porque “además de tender hacia los hiperliderazgos, puede acabar derivando en la laminación de todo control horizontal”. Poner en duda, a estas alturas, la eficacia de la elección directa, cuando los golpistas internos del PSOE han sido arrumbados por las bases en un acto gozoso de democracia directa, es de una gran osadía.

La democracia directa es delicada, sin duda, porque se presta a manipulaciones y, si se desenfoca, puede acabar efectivamente provocando la irresponsabilidad de los líderes y generando un populismo disolvente. Pero si se respetan las reglas de la democracia –igualdad de oportunidades para todas las opciones, claridad meridiana en el enunciado de todas ellas, respeto a los procedimientos, voto rigurosamente secreto, etc.— su aplicación es inobjetable en los supuestos trascendentes en que haya que optar entre opciones equivalentes. Por más que en la tarea legislativa compleja la democracia parlamentaria sea insustituible.

 

Antonio Papell
Director de Analytiks

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