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Portugal: la victoria de la izquierda y la inteligencia de los electores

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Lo que según prácticamente todas las encuestas y el consenso de los analistas políticos había de ser una especie de “empate técnico” entre los dos partidos que forman el bipartidismo imperfecto en Portugal (el conservador mal llamado Partido Social Demócrata y el Partido Socialista) fue realmente una victoria arrolladora de la segunda de tales formaciones, que, en su tercera victoria consecutiva, progresaba siempre y lograba al fin mayoría absoluta.

No es recurrir al tópico afirmar que Portugal es un gran desconocido pese a la contigüidad irremisible con España en la geografía y en la historia. Sin embargo, el viaje conjunto de España y Portugal a Europa, el ingreso a la vez en la unión Europea, último tramo de un devenir igualmente afectado por sendas dictaduras, nos ha hermanado más y sobre todo nos ha puesto a uno en el camino del otro, de forma que la intersección se ha producido al tiempo que cesaba el recíproco desinterés que ha durado demasiado tiempo. Para Portugal, la política española es casi política interna (basta ver cómo los periódicos de allá relatan nuestras vicisitudes como si fueran propias) pero solo recientemente los españoles hemos empezado a sentir y a mostrar interés por la política portuguesa, que siempre nos sorprende con paralelismos inesperados, a la vez que con sorprendentes diferenciaciones.

Como es conocido, el líder socialista António Costa, un personaje afable, inteligente y con carisma, venía gobernando desde el 6 de octubre de 2019 una segunda legislatura con el apoyo de dos organizaciones de izquierdas, el Bloco de Esquerda, que se define como socialista y que tiene semejanzas con Podemos, y el PCP, Partido Comunista Portugués, una de las escasas organizaciones con este nombre que sobreviven en Europa; fue la llamada jerigonça. Costa había quedado en 2015 en segundo lugar en el ranking electoral, con 86 escaños y el 32,3% de los votos, y gobernó gracias a las alianzas; mejoró su posición en 2019, alcanzando el primer lugar con 108 escaños y el 36,4% de los sufragios; y obtuvo la mayoría absoluta con 117 escaños y el 41,7% de los votos este pasado domingo. El propio Costa no ocultaba su estupor ante una victoria inesperada, que nadie había sido capaz de presagiar y que fue por tanto cosecha autónoma de los electores, seguramente más intuitivos y prudentes que sus propios líderes.

Las elecciones anticipadas se han producido esta vez porque Costa no consiguió sacar adelante los presupuestos del Estado para 2022; tuvo con sus socios de coalición diferencias insalvables sobre algunos asuntos relevantes pero no esenciales en términos de gran política: las discrepancias versaron sobre el   salario mínimo, las pensiones, la legislación laboral y el refuerzo de la sanidad pública.

Las conclusiones de semejante resultado son varias. En primer lugar, es muy evidente que los electores han castigado con severidad a las minorías de izquierdas que han provocado unas elecciones innecesarias, que por añadidura han llegado en el momento más inapropiado: en plena sexta ola de la pandemia y con la necesidad imperiosa de emprender la reconstrucción del país con los fondos comunitarios.

En segundo lugar, han sido rechazados rotundamente los argumentos de la derecha, que alegaba gestionar mejor la economía que la izquierda, y que reclamaba por tanto la confianza del electorado para gestionar los fondos Next Generation. Los conservadores recibieron en septiembre un balón de oxígeno al ganar la alcaldía de Lisboa: en contra también de lo pronosticado por las encuestas, el tecnócrata conservador Carlos Moedas, antiguo comisario europeo con gran prestigio, ganó por 2.000 votos la capital al PS (una especie de ‘caso Ayuso’ a la portuguesa). Tal circunstancia pareció potenciar sus posibilidades, pero no ha sido así: todo indica en Europa que la gente tiene memoria de la austeridad ulterior a la primera crisis del siglo, en 2008 y años sucesivos, y no está dispuesta a dejar a la derecha que incremente la desintegración y las diferencias sociales.

En tercer lugar, el naufragio de la demoscopia debería hacer reflexionar a los sociólogos porque el patinazo portugués es descalificante. Pero nadie debe sorprenderse: si  el arte de las encuestas reside en ponderar los sondeos en bruto mediante una ‘cocina’ que tenga en cuenta las tendencias, resulta prácticamente imposible realizar tal tarea cuando dichas tendencias son desconocidas porque el único modo de medirlas, que es empírico e invoca los precedentes, ya no sirve por lo cambiante y voluble de la opinión de la ciudadanía, que se ha vuelto mucho más sutil y reflexiva que antaño, cuando el hecho de votar se reducía para una gran mayoría en un simple dilema entre dos opciones. El bipartidismo dominante en Europa se ha diluido en un creciente multipartidismo y las grandes opciones ideológicas están en entredicho y a debate. De hecho, no es casual que también en Portugal se haya disparado la extrema derecha, Chega, que ha obtenido el 7,5% de los votos y 12 escaños, cuando en las pasadas elecciones había logrado apenas un representante. En cualquier caso, la envergadura del populismo de extrema derecha es en Portugal la mitad de la de Vox.

La traducción a España del caso portugués es imposible porque las idiosincrasias son disímiles. Pero no es aventurado tomar ejemplo de lo sucedido: el electorado no es amorfo ni insensible, distingue ente los intereses generales y lo que no lo son, intuye quién comprende que tan importante es el crecimiento y el desarrollo como el reparto del bienestar, la nivelación social y le rescate de los menos favorecidos. De modo que las minorías progresistas han de entender que por encima de sus legítimas estrategias está la salida de la crisis de todo el país. Si ellos no caen en la cuenta de todo ello, tendrán también que aceptar el veredicto crítico de las urnas.

 

Antonio Papell
Director de Analytiks

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