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Proceso hacia ninguna parte

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Proceso hacia ninguna parte 1

El proceso secesionista catalán, que en esa legislatura arrancó con la radical, pintoresca e inútil declaración 1/XI del 11 de noviembre pasado, tiene un vicio inhabilitante de origen que le resta toda virtualidad política, de cara al resto de España y a la comunidad internacional: los votos afirmativos el 27 de septiembre, en unas elecciones que sus promotores –eran elecciones anticipadas- habían considerado ‘plebiscitarias’, fueron el 47,8% del total. Ello significa que no existe la masa crítica necesaria para plantear siquiera la ruptura. Máxime cuando, desde el frustrado proceso de secesión Québec, el derecho internacional tiende a considerar que sólo puede hablarse de legitimidad en aquellos procesos de ruptura en que sus partidarios arrastran a una muy cualificada mayoría, y aún así optan por la vía de la negociación.

Dicho esto, la propia declaración es escandalosamente arbitraria, ya que , al contrario de lo que hizo este país mediante la magnífica transición, que fue ir de la ley a la ley mediante una ruptura pactada, los firmantes de la proclama independentista apuestan por la desobediencia civil, por la desconexión sin más, lo que habrá escandalizado a todas las democracias que observan el espectáculo con aprensión.

Tras este arranque de legislatura, ya de por sí grosero, durante tres meses ha sido evidente la imposibilidad política y ética de ligar el proyecto de Junts pel Sí, cuyos votantes están ubicados en el centro amplio del espectro catalán, con el de la CUP, que, además de lucir una pintoresca radicalidad que recuerda la Abania de Enver Hoxa, había censurado con los más duros argumentos la candidatura de Mas, con quien la única afinidad era la voluntad independentista, aunque en ambos casos el término tiene significado distintos: para la CUP, Cataluña desgajada de España lo estaría también de la UE, del Euro, de la OTAN, etc.

Pues bien: al borde de que se cumpliese el plazo, se ha producido el desenlace del sainete: Mas se ha echado a un lado, ha designado a un sucesor de la forma más arbitraria, y la CUP se ha brindado a llevar a cabo una operación muy parecida al transfuguismo que consiste en ceder permanentemente a la mayoría dos diputados a Junts Pel Sí. Mas, que ha actuado con inquietante mesianismo personal en todo el proceso, lo ha explicado con desparpajo: ha habido que “corregir” mediante la negociación “aquello que las urnas no nos dieron”.

Con toda evidencia, tanto a Artur Mas como a la cúpula de la CUP les ha entrado miedo, más que justificado, de que sus organizaciones quedaran reducidas a la mínima expresión en las nuevas elecciones anticipadas que hubiera habido que celebrar. Y han optado por la claudicación a las bravas, sin guardar las formas, para no sobrepasar el plazo que marca la legislación española… En el fondo, saben perfectamente que su propuesta no conduce más que a la confrontación y a la melancolía, pero no a la independencia, que, al margen de cualquier consideración político constitucional, no es posible con más del 50% de la población en contra. Cualquier observador que haya asistido al espectáculo habrá advertido una colosal falta de sensibilidad democrática y un fanatismo impropio de regímenes maduros, en los que la marrullería y la mixtificación no tienen ya cabida.

Lo grave del caso es que la sociedad catalana, que lleva muchos meses sin gobierno, continuará desatendida e ignorada. Algo que no se corregirá con el exótico intento de aplicar un plan social “de choque” instado con la CUP, pero para el que no existe presupuesto.

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