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Pros y contras del cambio de modelo electoral

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Pros y contras del cambio de modelo electoral 1
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¿Cambios en el modelo electoral? Por vez primera, dos nuevos y jóvenes partidos están consiguiendo abrirse paso hacia el Parlamento casi cuatro décadas después de promulgada la Constitución, gracias a los errores cometidos por las dos formaciones mayoritarias, PP y PSOE, que habían consolidado el bipartidismo imperfecto que les ha permitido turnarse en el gobierno desde 1982.

El modelo electoral que ha hecho posible tan larga secuencia fue ideado por los padres de la Transición en los meses previos a las primeras elecciones generales, celebradas el 15 de junio de 1977, pocas semanas después de que, a instancias de Adolfo Suárez, las Cortes franquistas aprobasen la Ley para la Reforma Política que representaba el harakiri del régimen franquista, y de que el pueblo español aprobara aquella iniciativa en referéndum. El modelo electoral fue cuidadosamente calculado para que se redujese a magnitudes manejables la ‘sopa de letras’ formada por cientos de partidos políticos que irrumpieron en escena a la muerte de Franco; para que, además de decantar dos formaciones estatales relevantes de centro-derecha y centro-izquierda, cupiera al menos una tercera, el PCE; para que los partidos nacionalistas periféricos pudieran tener una representación significativa en el Parlamento del Estado aunque sólo se presentasen en sus propias circunscripciones; y para que los aparatos de los partidos tuvieran un estricto control las organizaciones, para lo cual se estableció el sistema de listas cerradas y bloqueadas, que concentraba el poder en la cúpula. Se optó por la proporcionalidad corregida mediante le ley d’Hondt, y se eligió la provincia como circunscripción para sobrerrepresentar el voto rural, lo que imprimiría a las cámaras un sesgo conservador.

Aquel modelo ha lesionado lógicamente los intereses de las formaciones menores. Acaba de explicar el sociólogo Joan Navarro en un artículo que, por ejemplo, en las últimas lecciones generales, cada escaño de UPyD necesitó más de 228.000 votos en tanto el PP ha obtenido sus escaños con apenas 58.000… E Izquierda Unida, con el 7,02% de los votos apenas logró el 3,14% de los escaños. Semejante regulación, que lógicamente se aplica a todos los partidos, no es ni buena ni mala, a menos que se quiera descalificar radicalmente modelos tan impecablemente democráticos como el británico o el norteamericano, en los que la tercera fuerza, sencillamente, no desempeña habitualmente papel alguno en las instituciones. En el caso español, el modelo, que sin duda ha dificultado la formación de minorías, nos ha proporcionado sin embargo una gran estabilidad. Sin que sus defectos puedan hacerse responsables de algún déficit en la representación, que en los sistemas mayoritarios se resuelve abriendo el abanico ideológico de los grandes partidos: en el seno del Partido Demócrata está toda la izquierda democrática USA, e igual ocurre en el otro hemisferio con el Partido Republicano. Aquí, en cambio, ha faltado pluralismo interno tanto en el PP como en el PSOE.

En cualquier caso, es evidente que la llegada al Parlamento de Ciudadanos y Podemos, y su implicación directa y seguramente decisiva en la gobernabilidad del Estado, impondrán un cambio en la normativa electoral. Nada hay que objetar a la idea, que es legítima y seguramente necesaria, pero sí conviene recordar que la proporcionalidad pura ha fracasado en Europa –recuérdese la Italia en que gobernaba un ‘pentapartito’- y que lo moderno parece apuntar hacia fórmulas como la alemana, que es de representación proporcional personalizada (cada elector emite dos votos, uno a un candidato de su distrito y otro a una lista de partido). Ciudadanos propone precisamente esta fórmula, que ha sido también manejada en ocasiones por el PSOE. Sea como sea, el consenso más amplio posible sí es de absoluta necesidad en este asunto.

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