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Puigdemont y las malas compañías

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Puigdemont y las malas compañías 1

Nunca he escrito sobre Cataluña y no creo que lo vuelva a hacer. En estos tiempos de ruido, la equidistancia, ese término del que tanto se ha abusado en las últimas semanas, es la trinchera donde nos situamos los que no encontramos argumentos suficientes para defender a unos o a otros (o no queremos encontrarlos o no sabemos). Algunos creemos que votar es democrático, siempre que se cumplan unas garantías mínimas, también sentimos cierta repulsa por los movimientos nacionalistas y, claro, por la represión que sufrieron nuestros vecinos catalanes. Y por las mentiras. Hay quien dice que una Cataluña fuera de España se convertirá en una república socialista. Nada más lejos de la realidad: no todas las repúblicas son de izquierda. Puigdemont no es precisamente el paladín de la clase obrera, y algunos apoyos que ha recibido el independentismo me empujan a sospechar aún más de esta posible república. Para conseguir una causa no todo vale.

Si alguna vez tuviese que luchar por algo –sin salir de casa, para algo se ha inventado el ciberactivismo–, me cuidaría de no estar del lado de machistas, xenófobos o fascistas, la flor y nata de la podredumbre mental. Algo estaría haciendo mal. Este jueves he escuchado a Ignacio Vidal-Folch en la Cadena Ser decir que el independentismo había recibido apoyos de un partido ultra flamenco. Menos mal que hay periodistas informados. ¿Qué pensará esa gente de izquierdas cuando un partido xenófobo les ha dado su apoyo? Quizá en su propio beneficio, sí, en un intento por demostrar coherencia. Recordemos a Puigdemont en el programa Salvados diciendo que, claro, el referéndum del Kurdistán era legítimo porque él estaba “a favor de todos los procesos de autodeterminación”. Un segundo después, Jordi Évole le recordó que votó en contra de una moción a favor de la autodeterminación del Kurdistán. Es muy difícil ser coherente con uno mismo, como también lo es tener las mismas ideas siempre, pues para evolucionar hay que cambiar (este que escribe, por ejemplo, no piensa lo mismo que con 18 años, afortunadamente), pero reconozcámoslo: Puigdemont cayó en la trampa.

Me hubiese gustado ver la cara que pondría el president si Évole le hubiese preguntado: “¿Qué opina de que el partido de extrema derecha de la región belga de Flandes, Vlaams Belang (VB), traducido como Interés Flamenco, difundiese, en 2015, un comunicado en apoyo de la lucha por la independencia de Cataluña?”. Seguramente, Puigdemont, que nunca pierde las formas, respondería que la causa independentista no tiene fronteras ideológicas, que el raciocinio se impone a eso de derechas e izquierdas. Y eso, pensar que un apoyo así es algo inocuo, es el problema. Para conquistar una causa, insisto, no todo apoyo vale.

Yo no querría, por ejemplo, que mi causa fuese apoyada por una formación como Vlaams Belang, que en 2012 lanzó una web en la que se animaba a los ciudadanos a denunciar a los inmigrantes en situación irregular, personas que, para ellos, estaban abusando de la seguridad social, trabajaban en negro o habían cometido delitos varios. Pretendían que esas infracciones fuesen comunicadas directamente a la policía. Tampoco querría el apoyo de alguien como Filip Dewinter, el líder de VB, quien dijo en una entrevista para El País que es necesario “firmar un pacto para frenar la inmigración, para decir ‘basta’ a la inmigración”.

Puigdemont también ha recibido el apoyo de Nigel Farage (del eurófobo UKIP) y de Geert Wilders (de la formación islamófoba holandesa, Partido por la Libertad, PVV). Personalmente, se me hace difícil ponerme del lado de los que dicen que votar un referéndum es antidemocrático. Creo que, al contrario, es un síntoma de salud de un sistema, pero, claro, han de conservarse ciertas garantías. Algunos seguiremos en nuestra zona de confort equidistante y no volveremos a escribir sobre este asunto, pero seguiremos sospechando de ese proceso de independencia. Algunos no queremos que Cataluña se vaya de España, pero no nos importaría su partida si ello supusiera una mejora en su calidad de vida. Algunos no odiamos a España, pero jamás saldríamos a la calle con la rojigualda y cantando el Cara al sol (tampoco saldríamos con ninguna otra bandera). Porque a algunos también nos gustaría independizarnos de esa gente.

Sergio García M.

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