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Pujol cree que el conflicto tiene solución

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Jordi Pujol
Jordi Pujol | Flickr

Después de su confesión pública de irregularidades fiscales el 25 de julio de 2014 y de que se hiciera manifiesto más tarde que toda su familia habría participado en un colosal latrocinio continuado, la figura de Jordi Pujol se ha eclipsado, herida de muerte, y ha dejado de ser fuente de autoridad en Cataluña.

Sin embargo, el patriarca Pujol, 126º presidente de la Generalitat, que este miércoles cumple 91 años, ha sido el creador indiscutible de la Cataluña moderna durante sus casi veintitrés años de ejercicio de la Presidencia de la Generalitat, que concluyeron en 2003, cuando decidió no presentarse a las elecciones. Luchador antifranquista preso, clerical, germanófilo y burgués, participó activamente en la Transición y en el proceso constituyente directamente y a través de su alter ego Miquel Roca. Convertido en un verdadero prócer en la sociedad de su país, llevó a la quiebra a Banca Catalana, una institución de crédito que financió las expansiones culturales y empresariales semiclandestinas del catalanismo político durante los últimos años de la dictadura y a lo largo de la Transición, llegando a salir indemne de aquel desaguisado por razones claramente políticas —la benevolencia del omnipotente gobierno González, que consideró prudente no golpear la espoleta potencial de Cataluña—, y a cambio, Pujol fue un factor de estabilidad en la política concreta: apoyó gobiernos socialistas y populares sucesivamente a cambio de jugosos retornos para Cataluña. Y también contribuyó de forma explicita a la estabilidad institucional incluso al margen del proceso parlamentario —fue notorio su papel tranquilizador el 23-F— y se convirtió en un referente de solvencia política en un país remiso a enviar a ‘los mejores’ a los puestos de responsabilidad pública, como quería Ortega.

Pujol fue un factor de estabilidad en la política concreta: apoyó gobiernos socialistas y populares sucesivamente a cambio de jugosos retornos para Cataluña

Pujol nunca enarboló el independentismo

Aunque sus obras de juventud fueron polémicas en asuntos delicados como la inmigración a Cataluña a través de flujos provenientes de otras regiones españolas, nunca enarboló el independentismo, ni siquiera reclamó una reforma del Estatuto de Autonomía de Sau que contribuyó a promulgar en 1979. Mientras estuvo al frente del Principado, y a pesar de las dificultades, el encaje de Cataluña en el Estado no fue problemático. Y hubo que esperar a 2003, a la formación del tripartito PSC-ERC-ICV para que fuera el gobierno presidido por un socialista, Pasqual Maragall, el que intempestivamente adoptara aquella peligrosa iniciativa, que acabó como el rosario de la aurora.

Lógicamente, Pujol no ha tenido un retiro tranquilo. El sino de Pujol quedó marcado por aquella confesión inaceptable, que engarzaba con la larga historia del 3% y el descubrimiento de un sinfín de episodios que revelaron la corrupción familiar, así como la de una parte de las elites catalanas durante el largo desarrollo del plácido ‘oasis catalán’. Pujol perdió los honores oficiales de expresidente y, junto a su familia, se convirtió en un apestado.

Ahora, el viejo político ha roto su silencio para publicar su última obra, ‘Entre el dolor i l’esperança’, en forma de diálogo con el periodista Vicenç Villatoro. Como era imaginable, el libro está pasando casi inadvertido en Cataluña y no hay noticias de él en el resto del Estado.

Es evidente que las sugerencias de Pujol no tienen hoy valor objetivo alguno y que nadie las enarbolará porque quedaría automáticamente contaminado. Pero la experiencia del viejo estadista —muchos pensamos que este sustantivo sólo describe a un pequeñísimo puñado de políticos durante la etapa democrática— tiene interés intrínseco, y de ahí que merezca, a mi juicio, siquiera un análisis sosegado.

La síntesis del libro da que pensar

Pujol piensa que de la confrontación vivida hasta aquí se deduce, de un lado, que el independentismo no tiene fuerza suficiente para torcer el brazo a un Estado que llevó a cabo “una campaña furiosa” contra el nuevo Estatut de 2006 y dictó una sentencia con la que “Cataluña quedó fuera del juego político español”. Pero, de otro lado, puede que el independentismo no consiga la independencia pero “sí convertirse en  un factor de desbarajuste de la política española”, “crear una situación que dañe seriamente la estabilidad y el gobierno de todo el Estado”, “provocar una situación peligrosa y convertirse en situación de crisis política seria en el conjunto del Estado” o “generar una inestabilidad que es un serio hándicap para el progreso político y social del Estado”, como en realidad, y aunque haya sido “sin proponérselo”, ya ha ocurrido, sin que Madrid tenga muy claro cómo salir del atolladero. En definitiva, “el independentismo catalán tiene mucha fuerza pero no suficiente” y “el asimilacionismo español tiene suficiente fuerza para reprimir pero no para ahogar a Catalunya”.

“El independentismo catalán tiene mucha fuerza pero no suficiente”

En suma —prosigue Pujol— ninguna de las dos partes ha conseguido su objetivo y a partir de esta evidencia ”convendría hacer un esfuerzo de acercamiento” que “no es nada sencillo” pero que es imprescindible para tratar de recomponer la relación. Así las cosas —sigue argumentando Pujol—, lo razonable sería que ambas partes fueran conscientes de las fortalezas que hay a ambos lados, de la contienda que podría entablarse entre las dos posiciones sin beneficio para nadie, para, a partir de ahí, tratar de regresar al origen del disenso, es decir, al punto inmediatamente anterior a que el Estatuto de Autonomía de 2006 fuese dinamitado por el Tribunal Constitucional después de su aprobación por los parlamentos catalán y español y del refrendo por el pueblo de Cataluña. En todo caso —añade el patriarca— “Cataluña tiene que estar abierta a fórmulas no independentistas, pero con garantías” porque “si persiste la voluntad de asimilación, el problema persistirá”. Con un talante así, parece claro que los epígonos de la generación de Pujol podrían hallar si quisieran una salida al conflicto.

Pujol, por su particular posición, puede alardear —como hace en el libro— de que él nunca fue un activo independentista y utilizar razonamientos que no caben, manifiestamente, en el estricto credo soberanista que considera réprobos —botiflers— a quienes se presten a otra cosa que no sea el irredentismo colérico y la independencia pura y dura. Pero es muy probable que buena parte de los independentistas, sobre todo de ERC pero también de la posconvergencia de JxCat, piensen de forma parecida, con el realismo necesario para enfrentar una negociación de este calado.

Quien entienda, en fin, la situación en los términos en que la describe Jordi Pujol, desde más allá de la amargura y del fanatismo, se percatará, primero, de que existe realmente un margen para la negociación y el pacto. Y, segundo, de que tal negociación será mucho más simple si las partes entierran previamente el hacha de guerra y dan pruebas de buena voluntad. En este marco hay que inscribir los indultos que pueden obrar como lubricantes de un acoplamiento que necesitará grandes dosis de cordura y —por qué no decirlo—  un importante acopio de valor porque los independentistas acérrimos están ya agazapados para saltar violentamente sobre la yugular de quien desde su propia trinchera reconozca que existe la posibilidad de entenderse. Como en todas las centurias pasadas de historia común.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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