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Renacimiento del PP: reconsideración general de la derecha

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Pablo Casado, del PP

La imagen tópica que la mayoría teníamos del PP era la de un gran dinosaurio de la política, ajado y con profundas cicatrices pero sólido en su bien llevada madurez, firmemente asentado sobre el roquedal inhóspito de la política española, con asideros en la economía y en la empresa, y con el respaldo de numerosos grupos de presión conservadores que habían de ocuparse de la fortaleza de la opción que les representaba y cuyos intereses defendía.

Y la realidad ha resultado ser bien distinta, en cuanto se ha producido la dimisión precipitada de Rajoy y, como en “El nuevo traje del emperador” de Hans Christian Andersen, el pueblo llano se ha percatado de que el Rey está desnudo: la supuesta armada invencible de los conservadores tenía bien discretos espolones: las dos números dos de Rajoy, estratégicamente enfrentadas por el líder para que no tuvieran la tentación de reclamar la hegemonía, y una diminuta plantilla de jóvenes de la siguiente generación, de la que sólo Pablo Casado se ha atrevido a dar el paso al frente, a pesar de que aún no se ha librado del todo del oscuro asunto de los másteres, que ya ha costado el puesto y la carrera política a Cifuentes y que es —todavía— el signo putrefacto de una época corrupta y periclitada.

El castillo de naipes de la imagen popular se ha derrumbado con estrépito. No había un gran partido de masas tras el escaparate de Génova; el aparatoso edificio madrileño estaba realmente vacío, con mucho polvo, telarañas y algunos parásitos. Los vínculos con la sociedad civil no han hecho acto de presencia en el proceso de primarias. Nadie ha salido a defender los valores conservadores que supuestamente el PP representaba. E incluso el artífice y responsable de todo el tinglado, Rajoy, un hombre de indudable integridad personal pero con un temperamento poco apropiado para la seducción, ha desaparecido de escena con inaceptable premura. Es loable su afán de no interferir en la elección del sucesor, pero ello no le liberaba de su obligación de conducir personalmente el proceso sucesorio, poniendo toda su autoridad al servicio de la legitimidad y de la fluidez del tránsito, cuyo desarrollo ha resultado ser desangelado, torpe y vacuo.

Las elecciones primarias del PP han sido ganadas matemáticamente por estrecho margen por Soraya Sáenz de Santamaría (21.513 votos, el 36,95%), exvicepresidenta del Gobierno, la persona con más visibilidad después del presidente saliente del partido y mujer de indudables dotes organizativas, volcada en la coordinación del Ejecutivo durante la presidencia de Rajoy. Soraya, sin experiencia política real en la gobernanza del partido, no era, evidentemente, la candidata del aparato, en el que no ha ocupado cargos orgánicos y al que ha postergado con frecuencia desde su papel institucional.

El segundo en liza, Pablo Casado (19.967 votos, el 34,30 %), palentino de 37 años, jefe de gabinete del ya entonces expresidente Aznar entre 2009 y 2012, formó parte del intento renovador de Rajoy al ser nombrado en junio de 2015 vicesecretario de Comunicación. Este fue un salto a la política nacional después de haberse desempeñado un tiempo en la política autonómica madrileña, para la que parecía predestinado hasta hace poco.

La tercera en discordia, Dolores de Cospedal (15.090 votos, el 25,92 %), enemiga política de Soraya, ha obtenido un mal resultado pero como es evidente tiene en su mano el fiel de la balanza de la situación. Los otros tres candidatos, que conjuntamente no han llegado al 3% de los votos, han confirmado su irrelevancia, aunque en el caso de García Margallo su intención no fuese ganar sino influir ideológicamente en el proceso.

De acuerdo con los estatutos vigentes, Soraya y Casado pasan como candidatos al Congreso Extraordinario del día 20 de julio. En dicha institución, órgano máximo de decisión del partido, hay unos quinientos miembros natos y el resto, hasta 3.184, fueron elegidos este jueves en una segunda urna. Y el cónclave es soberano, es decir, podrá tanto convalidar la decisión de las bases, confirmando a Soraya, como reagrupar los apoyos y entronizar a Casado.

 

En realidad, en este dilema interviene la idea de legitimidad. Las primarias se han celebrado conforme a las normas legítimamente adoptadas por el partido pero algo ha fallado para que en una formación que alardeaba de disponer de casi de 870.000 militantes se inscribieran apenas 66.000 electores y votaran en la práctica menos de 60.000. Como se ha destacado antes de la votación, los candidatos del PP en las últimas elecciones fueron 62.000, y los interventores que presenta el partido en los hitos electorales pasan con creces de los cien mil… La militancia, o no existe, o se quedó en casa este jueves, lo que otorga a los resultados un valor tan sólo relativo, en comparación con el peso solemne del propio Congreso.

Quiere decirse, en fin, que el día 20 se confrontarán previsiblemente y a cara de perro dos opciones contrapuestas: Soraya defenderá con todos los argumentos a su alcance el valor incuestionable de la voluntad de las bases, tesis que estaría en consonancia con la machacona exigencia de Rajoy de que en las elecciones locales obtenga sistemáticamente la alcaldía el cabeza de la lista más votada. Casado, en cambio, secundado muy probablemente por Cospedal, invocará el espíritu parlamentario de nuestro ordenamiento constitucional, según el cual el pluralismo se organiza a través de pactos hasta decantar mayorías y minorías. En otros términos, dado el antagonismo irreductible —provocado por Rajoy— entre Soraya y Cospedal, lo más probable es que Casado y Cospedal se alíen para que sea aquel quien consiga la presidencia del partido. Soraya se convertiría entonces en irreductible oposición a la mayoría.

Este proceso genera dos inquietudes relevantes: por un lado, la mencionada y censurable ausencia de Rajoy, quien tenía la obligación de acompañar con su autoridad este proceso, sin inmiscuirse pero respaldándolo; por otro lado, es llamativo que la pugna sea ostensiblemente entre personas y no entre ideas. Nadie sabe qué razones políticas puedan impulsar el voto hacia uno o a otra tras un proceso en que se ha obviado voluntariamente el debate “porque divide”.

A partir de ahora, el centro derecha tendrá dos referentes: el nuevo del PP, reconstruido desde abajo y con casi todo por demostrar —ni Aznar ni Rajoy quieren saber nada de la refundación—, y el reciente de Ciudadanos, que soñó con el sorpasso cuando el PP se encaminaba con paso firme hacia el precipicio pero que hora debe replantearse la estrategia desde el principio.  Es más: quizá no tenga sentido la duplicidad si realmente las dos formaciones afines intensifican sus semejanzas. De hecho, Ciudadanos ya no puede basar su estrategia en la regeneración y la limpieza ética porque el viejo PP, el de Bárcenas y Gürtel, ya es historia.

Renace, en fin, una nueva derecha, a que la que sus propios actores tendrán que dar coherencia interna y sentido político. El fortalecimiento de la izquierda en el poder debe ser un acicate para conseguirlo.

analytiks

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