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Transparencia, hasta cierto punto

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Transparencia, hasta cierto punto 1

Estemos en la segunda transición o aún sin culminar la primera, lo cierto es que el cambio es una realidad y sus nuevos usos empiezan a llegarnos sin opción de retorno. La clave en este tiempo es la transparencia. Por ello, los profesionales de la cosa pública no tienen más remedio que mostrarse también en este terreno, pero no sólo en aquellos ámbitos en que la total publicidad es indispensable sino también en otros en que la reserva y la discreción son tan legítimas como irrenunciables.

Vayamos pues por partes. En primer lugar, conviene significar que la visibilidad de los políticos ha de ser absoluta en lo referente a sus situación económica. Quien vaya a la política ha de estar dispuesto a someter a la más absoluta transparencia su patrimonio y sus rentas, así como los de sus parientes cercanos. Ello no significa sin embargo que el político/ciudadano no pueda mantener sus reductos personales de intimidad en todo lo demás, no sólo en su vida afectiva: también en su mundo intelectual.

En segundo lugar, la transparencia es indispensable en la gestión pública. La tarea de las administraciones y muy especialmente aquellas actividades de contratación en que se maneja el dinero de todos han de someterse al escrutinio estricto de la sociedad, a través de instituciones adecuadas. La ley 19/2013 de Transparencia, acceso a la información pública y buen gobierno ha sido un paso decisivo pero no definitivo en esta dirección. Un paso que debe ir seguido otros más estrictos, que incluyan un régimen sancionador adecuado, sin el cual esta clase de normas no tiene verdadero carácter imperativo.

En estos dos aspectos mencionados, hay poco debate que emprender. Pero, además, se pretende llevar la transparencia a las relaciones entre los partidos, a las negociaciones entre ellos, que deberían ser emitidas en streaming, en directo. Esta pretensión, como ha dicho en atinada reflexión el periodista Rafael Jorba, estaría inscrita en el auge de la llamada ‘democracia de opinión’, caracterizada por “la onmipresencia de los sondeos, la obsesión por la comunicación –ahora se llama relato- y el dictado de la emoción. Todo debe ser inmediato, simple y espectacular, en detrimento del análisis y en contraste con una realidad social y política cada vez más complejas. El resultado es que la vieja y la nueva política no pueden sustraerse a esta dinámica perversa: la de una política que debe simplificar sus mensajes y la del propio formato de los medios que alimenta esta simplificación”.

La democracia plena nunca es fruto de un debate lineal. La complejidad de las sociedades modernas abre innumerables conflictos cruzados que deben resolverse con ecuanimidad y con esfuerzo, a través de compromisos y pactos que salven los principales valores aunque otros hayan de quedar momentáneamente postergados. Y este ejercicio de avance, de progresividad, de posibilismo a veces, no tiene por qué quedar explícito. Pensar de otra manera sería como obligar a un poeta a que mostrara todos los borradores previos de su obra definitiva. ¿Qué aportaría semejante desnudo intelectual a la magnificencia del poema terminado?

La privacidad, la reserva, son elementos de la sociabilidad que no pueden arrojarse por la borda del proceso político, que no se parece en nada, por cierto, a ese “Gran hermano” mediático que tanto morbo suscita y que parece querer demostrarnos que la única forma de vivir la vida es mostrándosela impúdicamente a los demás.

La política seria, la que se basa en principios ideológicos y tiene en cuenta la realidad de los datos y no los tópicos de los charlatanes, no se puede hacer en streaming, no se puede radiar como un partido de fútbol, no se puede televisar como si fuera un reality show. Ha de hacerse en los gabinetes de los partidos y mostrarse en los parlamentos, con sus reglas tasadas, con sus turnos de palabra y con sus votaciones de rigor.

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