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Tras la sentencia, la política

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Soberanismo. Sentencia. Torra y la violencia blanda

La Vanguardia es un periódico transversal, que recoge todas las sensibilidades no radicales de Cataluña, sin renunciar a sus principios constitucionalistas. Por ello, es sintomático que el mismo día de la publicación de la sentencia, a media tarde, una encuesta en la web que preguntaba a los lectores “¿Es justa la sentencia del Proces?” arrojase un resultado tan llamativo. De las 217.092 personas que habían votado hasta aquel momento, 183.036 (el 84,31 %) respondía que sí. Evidentemente, no es un sondeo demoscópico con pretensiones científicas ni puede ser legítimamente utilizado para medir el estado de ánimo de Cataluña a aquella hora, pero cada ciudadano que viese aquel indicador debió hacer su propia composición de lugar y se sintió abrumadoramente acompañado o inesperadamente solo.

Quiere decirse que la situación anímica de Cataluña no puede desprenderse de las algaradas con que fue recibida la sentencia, como por otra parte se esperaba. Ni la sentencia sorprendió en demasía —la intentona que afloró el 1-O fue lo que fue—, ni resultaba imaginable que quienes tuvieron la descabellada osadía de llevarla a cabo se conformaran ahora silenciosamente con las consecuencias judiciales que han resultado de ella.

La realidad es que Cataluña está muy fracturada, que sólo el 9,1 % de los catalanes secunda la vía unilateral —es decir, la ruptura sin acuerdo— según el Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat, que la épica ruidosa y clamorosa de los soberanistas hace muy difícil dar visibilidad a las voces que no están de acuerdo con la independencia a las bravas, y que está clase procesos judiciales, que son inevitables porque no puede haber impunidad en un Estado de Derecho, tienen el don ingrato de la ambivalencia: restituye el orden vulnerado pero exacerban a quienes están decididos a subvertirlo. El martirologio que acaba de crearse es un patrimonio valiosísimo para quienes están dispuestos a exhibir a los presos como víctimas de la perfidia ajena, sin ver que son ellos —y otros más que los han acompañado— quienes han metido a Cataluña en un colosal atolladero.

Porque lo más grave del caso es que el desafuero de quienes han elegido la impracticable vía unilateral —¿alguien pudo imaginar que la intentona secesionista, tal como fue planteada iba a dar resultado en un país desarrollado de la Unión Europea?— está perjudicando seriamente a los propios catalanes, que todavía no han acabado de percatarse de las consecuencias gravísimas que tiene lo que está pasando sobre su economía. Como se sabe, la principal  “protesta” ha sido la paralización del Aeropuerto de Barcelona. Más bien parece un tiro en el pie.

Porque ¿cuál es el sentido de semejante acción, que frustró miles de potenciales negocios, irritó a innumerables turistas que no volverán jamás, perturbó a la ciudadanía catalana que quería desplazarse ese día a otra parte? ¿Afectar  todavía más los circuitos económicos de Cataluña, empobrecer a la comunidad, es la solución para paliar la frustración que produce que el Estado imponga el imperio de la ley democrática, aceptada  por un irreprochable parlamento y por tanto plenamente legítima?

Tras la sentencia, el pinchazo

Sea como sea, las movilizaciones y protestas tras las condenas no han sido indescriptibles. Más bien parece que ha sucedido al contrario, que esta vez la gran muchedumbre, lo que desborda las céntricas calles de Cataluña cuando la convocatoria cala realmente, se ha quedado en casa. Pero eso no significa que el conflicto esté entrando en una vía razonable: antes al contrario: quienes ya no tienen nada que perder, se radicalizarán cuando vean que su causa se aboca hacia el abismo.

Por ello, es poco probable que el conflicto decaiga por sí mismo porque su decadencia es la hora de los Torra, de los fanáticos, de los tontos útiles dispuestos a la dramatización, de los Sobrequés que postulan la ‘violencia pacífica’, de los Toni Comin que apuestan por bloquear la economía para que la ruina de Cataluña produzca el desgaste de las resistencias del Estado… Y estas arengas tardan demasiado tiempo en ponerse en ridículo, en extinguirse hasta que la épica se vuelve parodia.

El Estado tiene que tomar iniciativas políticas

En consecuencia, el Estado tiene que tomar iniciativas políticas. Primero, en le terreno de las propuestas. Puesto que —como Artur Mas ha repetido hasta la saciedad— la causa de la crisis es el fracaso del Estatuto de Autonomía de 2006, habrá que hacer un flashback para regresar a aquel punto y reconstruir una negociación que, efectivamente, cayó en malas manos y se gestionó con incomprensible ineptitud (no es hora de señalar culpables si no se quiere agravar el problema).

Pero es posible que, finalmente, Madrid no encuentre interlocutores. Ya se ha visto que Torra, con sus conocidas veleidades etnicistas, no es persona capaz de mantener una conversación. Junqueras ha manifestado al encajar la sentencia una obcecación inapropiada que suscita dudas sobre su capacidad de regresar a la vía constitucional. Artur Mas, que concluirá pronto su última condena de inhabilitación, fue el causante del desastre, por lo que no parece apropiado recurrir a él… Sin duda, unas elecciones autonómicas clarificarían el panorama y quizá depararían sorpresas. Pero los posconvergentes no quieren para que no se haga patente su decadencia, frente a la pujanza de los republicanos…

Si no hay elecciones autonómicas, se corre el riesgo de que Cataluña se paralice, material e institucionalmente. Y eso tampoco es admisible, por respeto a los propios catalanes. Entonces habrá que adoptar medidas constitucionales apropiadas, pero no antes de que se hayan ensayado todas las fórmulas de negociación.  Hay un gran campo abierto de temas susceptibles de ser analizados y pactados, siempre que quien se siente a hablar deje en la puerta la amenaza intolerable de romper la baraja si lo que sucede no es del todo de su agrado.

Iberia Alexa
Antonio Papell
Director de Analytiks

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