En PortadaPolítica

Ultraderecha y ultraizquierda: la inexistente simetría

0
Vox y el voto oculto ultraderecha
Santiago Abascal, presidente de Vox

El abanico ideológico de un país y la consiguiente transcripción parlamentaria de la diversidad son espontáneos, y difícilmente pueden planificarse, como es obvio. El sociólogo político Maurice Duverger ideó una famosa ley empírica según la cual el régimen electoral determinaba el modelo parlamentario: el sistema proporcional daba lugar a cámaras pluripartidistas, y el sistema mayoritario generaba modelos bipartidistas. Los ejemplos más clásicos eran, del primero, el italiano: la proporcionalidad pura impuesta en la Constitución de 1948 daba lugar a un multipartidismo inmanejable (entre 1981 y 1991 gobernó Italia un ‘pentapartito’, lo que da idea de la fragmentación existente); del segundo, el sistema británico, en que las dos grandes formaciones antagónicas se reparten el poder en circunscripciones unipersonales y muy raramente consiguen cuotas parlamentarias las terceras vías centristas/liberales. También el sistema norteamericano actual pertenece a esta categoría.

En España, el modelo electoral de la democracia incipiente fue anterior a la Constitución de 1978 y esta recogió lo sustantivo del real decreto-ley 20/1977, de 18 de marzo, sobre Normas Electorales, redactado por un grupo de expertos de diversos partidos para regular las elecciones generales del 15-J de 1977 en que, una vez aprobada la ley para la Reforma Política que marcaba el proceso, se elegiría un Parlamento —Congreso y Senado— que acabaría siendo constituyente. Aquella norma, que sería la base de la futura Ley Orgánica de Régimen Electoral General (LOREG), que ha llegado con numerosos cambios hasta hoy, ya introduciría la proporcionalidad modulada mediante la ley d’Hondt, que dio lugar al bipartidismo imperfecto: hubo dos partidos dominantes y también cupieron en el Legislativo el PCE y los nacionalismos periféricos. Justo lo que se pretendía.

El fracaso del bipartidismo imperfecto español ante las grandes crisis del siglo XXI, así como la gran desintegración social que padeció la sociedad de este país tras el trágico periodo mencionado, generaron un multipartidismo complejo que ha ido decantando en las sucesivas elecciones y hasta hoy.

El bipartidismo español adquirió plena visibilidad en las elecciones de 1982, en que el PSOE alcanzó con Felipe González mayoría absoluta, y duró hasta las elecciones generales de 2015, convocadas por Rajoy, quien gobernaba desde 2011 con mayoría absoluta. El fracaso del bipartidismo imperfecto español ante las grandes crisis del siglo XXI —existe un generalizado consenso sobre la impresión de que ni el PSOE ni el PP supieron prever, afrontar y resolver las grandes crisis financiera, de deuda e inmobiliaria que estalló en 2008 y duró hasta 2014—, así como la gran desintegración social que padeció la sociedad de este país tras el trágico periodo mencionado, generaron un multipartidismo complejo que ha ido decantando en las sucesivas elecciones y hasta hoy.

En las elecciones de 2015, que ganó el PP con solo 123 diputados, ya hubo cuatro grandes partidos estatales (PP, PSOE, Podemos y sus confluencias, y Ciudadanos). Ciudadanos nació en Cataluña como reacción liberal al nacionalismo ascendente y se extendió por todo el Estado como opción centrista, y cosechó buena parte del desagrado que los electores sentían hacia los partidos tradicionales. Y como consecuencia del 15 de mayo de 2011 —el movimiento de los indignados— apareció Podemos a partir de grupos que se manifestaban al expresivo grito de “no nos representan” en alusión a los ya instalados. Podemos fue primero una opción transversal, interclasista, hasta que Pablo Iglesias decidió arrastrarla hacia la izquierda hasta fusionarla con Izquierda Unida y dar lugar a Unidas Podemos.

En 2013 se fundó VOX, que recogió al ala derecha del PP y a sectores neofranquistas de diversas procedencias y que adquirió su primera notoriedad en las elecciones andaluzas de diciembre de 2019 e ingresó por primera vez en el Congreso de los Diputados en las elecciones generales de abril de aquel año, con 24 escaños, que se elevaron a 52 en las de noviembre de 2019. Ya había/hay cinco grandes partidos parlamentarios aunque Ciudadanos, por su torpeza estratégica, se hundió estrepitosamente en estas últimas elecciones y es probable que se haya convertido en una organización agonizante, al borde de la consunción.

A finales de mayo de 2018, Sánchez decidió presentar su moción de censura contra Rajoy, al hilo de una condena judicial al PP como persona jurídica por corrupción. La iniciativa fue inmediatamente apoyada por Unidas Podemos, ERC, PRdCAT, Compromis y Nueva Canarias. El PSOE aceptó convocar elecciones tras la moción si C’s se sumaba a ella, pero no aceptó. Y el 31 de mayo, el PNV se incorporaba a la operación, con lo que la victoria de la iniciativa rupturista fue ya irremisible. La candidatura de Sánchez consiguió 180 votos, frente a 169 en contra y una abstención de Coalición Canaria.

El resto de la historia es conocida: Sánchez gobernó desde entonces y se celebraron las dos elecciones de 2019, las de abril, que no permitieron una investidura, y las de noviembre, en que el PSOE de Sánchez se coaligó con UP de Iglesias y ambos consiguieron la investidura de aquel con el ajustado respaldo de 167 parlamentarios —PSOE (120), Unidas Podemos (35), PNV (6), Más País-Compromís (3), Nueva Canarias (1), BNG (1) y Teruel Existe (1).

Pues bien: el PP, que sigue siendo el principal partido de la oposición, siempre ha considerado ilegítimo este gobierno, ya que sería a su juicio el fruto de una alianza contra natura del PSOE con ‘los comunistas’ (por UP), los independentistas (ERC y PNV) y hasta los ‘amigos de los terroristas’ (Bildu). Tal ilegitimidad no se ha concretado en acusaciones formales pero sí ha sido esgrimida en sede parlamentaria, lo que enrarece y dificulta el proceso político. Conviene recordar que el PCE, ERC y el PNV están en esta democracia desde mucho antes de que aparecieran Alianza Popular y el Partido Popular. Y en cuanto a Bildu, es asimismo importante no perder de vista que Aznar lanzó, con el apoyo masivo de las fuerzas estatales, una ley de Partidos (2002) que expulsaba de las instituciones e ilegalizaba a los colaboradores de ETA —a Batasuna, con esta y sucesivas denominaciones—; de forma que cuando los tribunales legalizaron Bildu, fue porque sus estatutos estaban redactados impecablemente y en sus cuadros no figuraba ninguna persona vinculada de un modo u otro al terrorismo, sin posibilidad de la menor objeción.

El corolario de todo esto es que el PP trata de legitimar —inútilmente— su cercanía y colaboración con VOX poniendo de manifiesto como argumento inválido las supuestamente malas compañías en que también se deja ver el PSOE, que serían la causa de esta inaceptable ilegitimidad, que por otra parte nadie se ha atrevido a sacar del acaloramiento verbal.

La realidad es que, en el ámbito de los partidos legales, no es lo mismo pactar con VOX que pactar con fuerzas radicales de extrema izquierda o independentistas

Ante este intento baldío de confundir a la opinión pública, la realidad es que, en el ámbito de los partidos legales, no es lo mismo pactar con VOX que pactar con fuerzas radicales de extrema izquierda o independentistas. Y ello se debe a que el contexto en que se forma el tejido político global europeo es el ulterior a la Segunda Guerra Mundial, en el que fueron vencidos y desarbolados para siempre los totalitarismos de derechas, para desaparecer también, a finales de los años ochenta del pasado siglo, los totalitarismos leninistas de izquierdas, los comunismos, con la caída del Muro de Berlín y la disolución del Pacto de Varsovia.

Así las cosas, VOX es un partido legal porque acata la Constitución y cumple los requisitos de la ley orgánica 6/2002 de Partidos Políticos, y así seguirá siendo si no se produce algún día una resolución judicial improbable que altere esta situación. Lo que ocurre es que, por una convención política y moral no escrita pero extendida a la memoria histórica de Europa, la derecha democrática no pacta con la extrema derecha, a la que blinda y aísla con un cordón sanitario para que no contamine. No estamos, pues, ante un problema de legitimidades sino de moral pública: El antiguo Frente Nacional francés (ahora Ressemblement National) y la alemana AfD son réprobos solitarios en sus respectivos países. Aquí VOX tiene el acompañamiento de la derecha democrática. Y esto es una grave patología del sistema.

Antonio Papell
Director de Analytiks

Sobre la renovación generacional

Entrada anterior

Menos bromas y más ciencia: los ovnis (y el COVID) obligan a los espías a reinventarse

Siguiente entrada

También te puede interesar

Comentarios

Los comentarios están cerrados.

Más en En Portada