Política

Un periódico que cierra, una democracia que se erosiona

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Un periódico que cierra, una democracia que se erosiona 1

Puede que a un lector no le asuste tanto esta noticia como al que redacta estas líneas. Con cada cierre de un periódico, cada recorte de plantilla, cada descenso en inversión publicitaria que hace temblar las redacciones, e incluso con cada mentira publicada por algún medio, a los periodistas se nos viene abajo una pequeña parte de nuestro mundo. Nuestra profesión, vocacional en la mayoría de los casos, debería –también en la mayoría de los casos– contribuir a crear una sociedad mejor, en la medida en que podamos. Somos el nexo que une los distintos poderes con la ciudadanía, por lo que nuestra obligación es velar por que no se cometan ciertos abusos. Cuando cierra un medio, y desde 2008 hasta comienzos de 2016 fueron 375, entre diarios, revistas, cadenas de televisión y radio y agencias de prensa, el país entero se resiente.

Esta semana amanecíamos con un nuevo adiós. Esta vez, de un medio allende los mares, en México. Y no ha sido por la crisis de la prensa en papel. El periódico El Norte de Ciudad Juárez anunció que bajaba la persiana ante la falta de seguridad de sus periodistas. Una decisión dura, motivada por el asesinato, el 23 de marzo, de la periodista Miroslava Breach, colaboradora del diario. “Las agresiones mortales, así como la impunidad contra los periodistas, han quedado en evidencia, impidiéndonos continuar libremente con nuestro trabajo”, reza el editorial publicado este domingo.

La violencia, el narcotráfico y la corrupción han cerrado este periódico. México, el país hispanohablante más poblado del mundo, no salta a los telediarios con frecuencia por su escasa calidad democrática, tampoco viajan nuestros políticos a hacerse fotos con las víctimas de Ayotzinapa, ni se habla sobre su situación en las cámaras y parlamentos de nuestro país. Venezuela le sirve a la derecha de arma propagandística con la que atizar a Podemos; México, no. Y por eso da igual lo que allí sucede. En 2015, según el Instituto para la Economía y la Paz 2016, se contabilizaron 18.000 víctimas y una tasa de 14 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Una violencia que supone una merma de en torno al 13 % del PIB mexicano. Una violencia que, en caso de aparecer en los telediarios patrios, lo hace para saciar el morbo de algunos. Son muertes de película, de “plata o plomo”, de cuerpos colgados de un puente.

En 2016, un total de once periodistas y trabajadores de los medios de comunicación fueron asesinados en México en 2016, el tercer país más mortífero para nuestros colegas de profesión, solo por detrás de Irak y Afganistán, según datos de la Federación Internacional de Periodistas. Menos periodistas y menos medios de comunicación repercute –o debería, insisto– en la calidad democrática de cada país. En México es un deber proteger a la prensa de ese poder en la sombra que es el narcotráfico, ese poder que acalla a periódicos y periodistas a base de tiros.

“En estos 27 años”, continúa el editorial, “con sus muy honrosas excepciones, se nos dejó solos. Luchamos contra corriente, recibimos embates y castigos de particulares y gobiernos por haber evidenciado sus malas prácticas y actos de corrupción, que solo jugaron en detrimento de nuestra ciudad y de quienes habitamos en ella (…) Todo en la vida tiene un principio y unfin, un precio que pagar. Y si esto es la vida, no estoy dispuesto a que lo pague ni uno más de mis colaboradores, tampoco con mi persona”. Don Winslow, un escritor estadounidense especialista en contar historias del narcotráfico mexicano, algunas basadas en hechos reales, cuenta en su último libro, El cártel, un suceso muy similar al que ha vivido la redacción del Norte de Ciudad recientemente: un periodista, que trabaja para un periódico de Ciudad Juárez, decide abrirse un blog para contar lo que de otro modo no puede, hasta que finalmente es descubierto y asesinado. Esa es la triste y cruel realidad a la que se enfrentan los periodistas y los ciudadanos de México. Cuando matan a un periodista, un poco de nosotros se va con él y con la profesión. Cuando un periódico muere, la democracia se resiente.

Iberia 350
Sergio García M.
Periodista. Redactor jefe de Analytiks.

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