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De Vox al PP: el cordón sanitario y los pactos de Estado

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Vox y el voto oculto
Santiago Abascal, presidente de Vox

La Unión Europea está siendo atacada por el populismo ultraconservador desde hace años, desde que los rescoldos de las ideologías de las potencias del Eje quedaron lo bastante atrás y dejaron de suscitar el repudio inflamado de quienes padecieron las iniquidades nazis y fascistas durante la Segunda Guerra Mundial.

La extrema derecha europea presiona hoy en dos vertientes distintas: de un lado, Hungría y Polonia están dando pasos en una dirección autoritaria inquietante, que diverge incluso de los llamados Criterios de Copenhague (1993), el catálogo de condiciones aprobado por el Consejo Europeo que ha de cumplir cualquier candidato a ingresar en el club comunitario. De otro lado, en numerosos países emergen partidos políticos de extrema derecha, ultranacionalistas en muchos casos, que mantienen actitudes xenófobas, homófobas, discriminatorias, antieuropeas por patológicamente introspectivas, más atentos a la identidad nacional que a la separación de poderes y a la salud de las instituciones democráticas.

La lista de tales organizaciones es interminable, y entre los partidos de esta índole que poseen representación parlamentaria, podrían citarse, fuera del Grupo de Visegrado (Hungría, Polonia, Chequia y Eslovaquia) y sin ánimo de exhaustividad, en Alemania, Alternativa para Alemania (AfD); en Austria, el Partido de la Libertad (FPÖ); en Dinamarca, el Partido Popular Danés (DF); en España, VOX; en Finlandia, el Partido de los Finlandeses; en Francia, el antiguo Frente Nacional, hoy Rassemblement National (RN); en Grecia, Solución Griega (heredero de Amanecer Dorado); en Italia, la Liga Norte (LN) y los Hermanos de Italia (FDI); en los Países Bajos, el Partido por la Libertad (PVV); en Noruega, el Partido del Progreso (FrP)… En el Parlamento Europeo, estas fuerzas se han dispersado por varios grupos parlamentarios marginales.

Francia, precursor del cordón sanitario

Frente a estas organizaciones, Francia estableció un histórico cordón sanitario en torno al partido fundado por Le Pen: ninguna organización democrática, ni de la derecha ni de la izquierda, ha establecido acuerdos consistentes con él. Es más: derecha e izquierda democráticos se han aliado entre sí con frecuencia para combatir a los neofascistas. Por ejemplo, en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2002, a la que llegaron el conservador Jacques Chirac y el ultra Jean-Marie Le Pen, Chirac cosechó más del 82 % de los votos de la derecha y de la izquierda, frente al 17 % de su rival radical. Hasta los comunistas votaron al candidato liberal, pero democrático.

“La elección del ministro presidente de Turingia con una mayoría que fue solo posible gracias a los votos de AfD es un incidente imperdonable”.

En Alemania, este problema es particularmente sensible por la historia reciente del país, y se ha zanjado con la misma explicitud: fundada en 2013, en plena crisis, Alternativa para Alemania AfD, con simpatías filionazis, surgió para combatir la inmigración y para denunciar el ‘error histórico del euro’. Pues bien: la AfD ha sido radicalmente excluida de pactos con las formaciones democráticas. Y el incidente que acaba de ocurrir en Turingia, donde el candidato liberal del FDP ha conseguido el gobierno gracias a los votos de AfD y de la CDU regional, que ha contravenido las órdenes estrictas de la presidenta de la CDU, Annegret Kramp-Karrenbauer (AKK), y que la propia Merkel ha debido enmendar con la máxima energía, muestra la firmeza de la posición mayoritaria.

El escándalo ha causado la dimisión irrevocable de AKK y la reapertura de la sucesión de Merkel. Asimismo, los nuevos presidentes del SPD, Norbert Walter-Borjans y Saskia Esken, han exigido que se convocara una reunión de crisis de la ‘gran coalición’, que se celebró el sábado pasado, de la que emanó un comunicado conjunto en el que se manifestaba que “la elección del ministro presidente de Turingia con una mayoría que fue solo posible gracias a los votos de AfD es un incidente imperdonable”.

Vox, familizarizado con la extrema derecha europea

La traslación a España de estos comportamientos parece inevitable, toda vez que Vox, aunque afirma no estar emparentado con la extrema derecha europea, tiene claras relaciones de familiaridad con ella, mantiene posiciones semejantes en relación con la inmigración, y se caracteriza por sus posturas radicales al respecto de las políticas de género y el feminismo, de la memoria histórica que la democracia ha impuesto para sobreponerse al recuerdo castrador de la dictadura, etc. Los líderes de Vox se retratan gustosos con personajes como Orban y Salvini, y acuden a actos institucionales de la llamada Conferencia Nacional de Conservadores.

Es lamentable la supeditación de las fuerzas democráticas a los negacionistas de problemas como la violencia de género o el cambio climático, a los supremacistas en todas sus variantes.

Aquí no ha habido cordón sanitario, y no sólo el Partido Popular —del que Vox es en realidad una facción disidente— sino también Ciudadanos, la organización que presumió ser centrista y liberal, ha aceptado formar gobiernos con la extrema derecha.

El pacto tripartito ha funcionado en las comunidades de Andalucía, Madrid y Murcia, así como en el Ayuntamiento de Madrid y otros. Las concesiones que los demócratas han debido hacer son de momento escasas, pero desde el punto de vista pedagógico es lamentable la supeditación de las fuerzas democráticas a los negacionistas de problemas como la violencia de género o el cambio climático, a los supremacistas en todas sus variantes.

El gran riesgo para el Partido Popular es que, si cede a la voluntad de los radicales —y no tendrá más remedio que hacerlo si quiere conservar sus plazas compartidas—, es posible que la hegemonía de la derecha pase del PP a Vox. Como sin ir más lejos ha sucedido en Francia, donde el partido conservador por antonomasia es la extrema derecha de RN, (como es sabido, la derecha fundada por Sarkozy con los mimbres de los antiguos partidos RPR y UDF está sumida en una profunda crisis y en buena medida ha sido asimilada por el centrismo de Macron).

Últimamente, se ha producido sin embargo una sorpresa en nuestro parlamento: el Partido Popular ha pactado con las demás fuerzas democráticas, el PSOE particularmente, la exclusión de Vox de las presidencias de las comisiones parlamentarias del Congreso de los Diputados… Pero continúa gobernando con Vox (o gracias a Vox) en numerosos ayuntamientos y comunidades autónomas. La irritación de Vox está subiendo de tono por el éxito de la izquierda, que ha arrastrado al PP a aislar a la ultraderecha, un acto de “higiene democrática”, en palabras de Rafael Simancas, lo que hace pensar que algo ha cambiado en el PP.

El próximo lunes, Casado acudirá a La Moncloa, a invitación de Sánchez. Se supone que el presidente del Gobierno le ofrecerá participar activamente en la renovación de las instituciones, desde el Consejo General del Poder Judicial al Tribunal Constitucional y al Defensor del Pueblo pasando por RTVE. Y no hay que descartar que ambas organizaciones, las clásicas del bipartidismo, formalicen un pacto de Estado para cerrar el paso a los partidos que transitan extramuros de la Constitución.

Si ambas organizaciones se reconocen mutuamente como genuinos representantes de sus respectivos hemisferios y asumen la responsabilidad de asumir ambos los grandes consensos de Estado que necesita el sistema, sería más fácil aislar a los extremistas, que al cabo terminarían siendo abandonados por un electorado que vería cómo el voto a los ultras es un voto perdido. En todo lo demás, lógicamente, PP y PSOE han de mantener sus discrepancias, que son las que engendran la fecunda dialéctica parlamentaria.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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