Política

¿Y si no se rinden?

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Carles Puigdemont

Pocas enseñanzas conservo de mi etapa universitaria. Y eso que la tengo reciente. La primera es que, si algún día mi coronilla clarea, me cortaré el pelo de alrededor para no parecerme al profesor que me contó por qué Cataluña no podía ser independiente. Esta fue la segunda lección que aún recuerdo. Pero vamos a lo importante. El tipo lucía conocimiento y también exhibía un flequillazo que causó impresión. Eso sí, el día que se dio la vuelta y vimos aquella tonsura, que era de esas profundas que surgían entre una especie de nido de pelo, nos quedamos igual de asombrados que cuando aseveró que el principal enemigo de la secesión catalana era el Derecho Internacional.

Básicamente, y hablando rápido, Cataluña no podía ser un país porque sus habitantes no estaban oprimidos por el Estado español y tampoco eran lo suficientemente diferentes al resto de españoles como para marcharse. Ahí se encierra el Gobierno de Rajoy, que tampoco muestra demasiada empatía con los políticos catalanes. Ellos, mientras tanto, aseguran que van a llegar hasta el final. Esto es, referéndum el día 1 de octubre y, si ganan, declararán la independencia a las 24 horas. Así de fácil.

Pero… ¿Y si se van? ¿Si hay referéndum? ¿Si de verdad hay una mayoría secesionista que ese día sale a votar? ¿Y si el 2 de octubre Puigdemont y los alcaldes independentistas se suben a los balcones de las instituciones que dirigen para quitar la bandera de España y proclamar la independencia? ¿Qué haría Rajoy? ¿Dejaría que la situación llegara hasta este punto? Yo no lo sé, pero el president está convencido de que ni el presidente ni los poderes del Estado van a llegar hasta el final. Y él, Puigdemont, tiene bastante claro lo que va a hacer.

El otro día organizó en Barcelona una cena a la que acudieron un par de representantes institucionales, algún profesor de universidad y un par de politólogos.  Se lo dejó claro. Va para adelante. Si tiene que pasar por encima de la ley –española-, lo hará. Si queda inhabilitado no lo acatará porque la ley -catalana, que aún tendría que dictar- y la voluntad del pueblo le darían la razón.

La estrategia del Palau, donde las filas están más apretadas que nunca, se basa en dos aspectos: que florezcan los apoyos entre la Comunidad Internacional a la que se camelan en silencio; y, sobre todo, en ser más listos que Rajoy. Hasta el 1 de octubre, el plan de Puigdemont pasa por dejar al Gobierno sin margen de maniobra. Ponerle palitos en la rueda ante los que no pueda reaccionar. Un método inteligente si el rival es gallego y, hasta ahora, ha hecho buena la táctica de agotar al oponente desde el estatismo.

El problema es que Puigdemont igual hace como aquel profesor de leyes, que no se rindió y mantuvo el flequillo pese a la calva

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