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El fugitivo más mediático de la historia de los Estados Unidos

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TORONTO.- Jamie Kastler es un famoso documentalista canadiense conocido por su documental satírico sobre la cultura disco de finales de los 70, The Secret Disco Revolution. En la 41 edición del festival internacional de cine de Toronto ha presentado su nuevo documental The Skyjacker’s Tale, que pretende ser tanto un acercamiento al concepto de blaxploitation, con tintes cómicos por momentos, como un film de denuncia política sobre los abusos legales cometidos contra uno de los más famosos fugitivos de historia reciente de los Estados Unidos, Ishmael Labeet (Ishmael Muslim Ali). Se trata de un personaje que concita opiniones encontradas en el país norteamericano. Para unos se trata de un luchador por los derechos de los afroamericanos, especialmente los de las islas Virginias americanas (fundó una especie de movimiento de liberación de dichas islas en los años 70), para otros un simple delincuente común responsable del asesinato de ocho personas en el campo de golf de Fountain Valley y, para una minoría, una especie de excéntrico libertario capaz de secuestrar el avión que lo llevaba preso de vuelta a los Estados Unidos desde Saint Croix y convertirlo en una demostración empírica de que el síndrome de Estocolmo colectivo es posible.

De hecho, su famoso secuestro del avión de American Airlines, el último día del año 1984, pasa por ser uno de los secuestros más elegantes, educados y rocambolescos de la historia, con aterrizaje en La Habana incluido. Desde este último punto de vista, el de reflejar la peculiar idiosincrasia del personaje, el documental funciona a las mil maravillas y nos muestra a un personaje que puede resultar tan adorable para un seguidor del movimiento del Black Lives Matter, preocupado por la deriva racista de los Estados Unidos, como para un libertario, en la línea de Snowden, crítico con el imperialismo americano, e incluso para muchos de los pasajeros que vivieron un secuestro atípico, donde pasaron de tener los brazos en alto a consumir bebidas reservadas para la primera clase del pasaje.

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Cuando Kastler sigue la senda del docudrama rodado a la forma de blaxploitation con banda sonora de Curtis Mayfield incluida, todo discurre perfectamente y atrapa al espectador, sabedor de que está viendo un documental que no es más que ficción encubierta. El problema surge cuando Kastner, quizás para aprovechar la coyuntura actual en los Estados Unidos, donde el tema racial está de plena actualidad, intenta explorar la senda del documental de denuncia y presenta una tesis que no logra corroborar fehacientemente en ningún momento: que Labeet es una víctima de una condena injusta y que jamás cometió ninguno de los hechos por los que resultó condenado. Para buscar su propósito exculpatorio, Kastler acude a la ceremonia de la confusión, mezclando al FBI, a los panteras negras y al abogado activista por antonomasia del activismo político de los 60 William Kunstler, famoso por defender a los insurrectos del correccional Attica (Nueva York) a principios de 1970.

La vinculación de Labeet con los panteras negras nunca pasó de anecdótica y todas las evidencias que presenta para desmontar el juicio contra Labeet son la amistad del juez que lo condenó, Warren Young, con el presidente Nixon, así como testimonios de la mujer de Kunstler, que denuncia que la confesión de Labeet fue conseguida mediante tortura. Es muy frecuente hoy en día confundir documental político (legítimo por supuesto) con documental de investigación serio. Precisamente, ese es el gran fallo de este documental, que por lo demás resulta entretenido y hasta simpático por momentos.

Paskaljevic explora la senda de la espiritualidad india

El aclamado realizador serbio Goran Paskaljevic ha presentado su última película, Land of the Gods (Dev Bhoomi), para la que ha contado con un elenco de actores y actrices de la India, pues sitúa la acción de la película en el norte de dicho país. A pesar la ubicación geográfica de la película, alejada del contexto balcánico donde suele situar sus películas, Land of the Gods retiene algunas de las características del cine de Paskaljevic, que suele destacar por la exaltación de la cultura popular y la utilización de la música como vehículo de expresión de la idiosincrasia nacional. En este caso, la película tiene como trasfondo la problemática de las castas, sistemas de adscripción social cerrados y que sitúan al individuo en unas coordenadas espacio temporales de las que no puede escapar, haciendo imposible que las relaciones personales trasciendan los limites marcados por la propia casta. Es por ello que los matrimonios concertados son todavía muy frecuentes en algunas zonas de la India. Paskaljevic pretende mostrarnos una historia de redención personal a través de la espiritualidad. Y contrapone lo natural, que él identifica en la película con la religiosidad que se manifiesta en la inmensidad del Himalaya, y lo convencional, representado por el sistema de castas y la cultura de la venganza.

Rahul, interpretado por el célebre actor indio Victor Banerjee, es un antiguo habitante de una aldea perdida en el Himalaya al que se le ha diagnosticado una próxima ceguera. Antes de perder para siempre la visión quiere contemplar el esplendor de la contemplación de un antiguo amor, una bailarina de una casta inferior con la que no pudo contraer matrimonio en su juventud. Para ello, decide regresar a su aldea. Allí se encuentra la incomprensión y el rencor acumulado de su familia y el del pueblo entero, que no acepta que cometiera un error en su juventud, cuando intentó atentar, infructuosamente, contra su propio padre, que se oponía a sus planes amorosos. La historia de amor vivida por Rahul parece repetirse con otra joven de la aldea, condenada a casarse contra su voluntad. La película transcurre por los cauces del melodrama con toques espiritualistas y en general resulta amable para el espectador. El guión resulta un tanto previsible por momentos y está claramente condicionado por los propósitos estéticos de Paskaljevic. No es ni de lejos lo mejor que ha hecho el realizador responsable de Honeymoons o Cabaret Balkan, pero resulta interesante por momentos.

Wajda retrata el horror de la estética estalinista

Si hay un director longevo capaz de producir películas de calidad asombrosa en su ancianidad, ese es Andrzej Wajda. Cuya producción más reciente (Katyn, El Junco) no desmerece algunos de sus mejores trabajos como El hombre de mármol, Cenizas y diamantes o La tierra prometida. Con 90 años recién cumplidos ha presentado en Toronto una película sencillamente sublime, Powidoki (Afterimage), que no puede dejar indiferente a nadie que posea un mínimo de sensibilidad estética. Su mirada al suplicio silente del artista polaco de vanguardias Wladyslaw Strzeminski, víctima de un cruel acoso por parte del régimen estalinista polaco de principios de los años 50, es una auténtica obra maestra de composición de la escena, de manejo de los tiempos dramáticos y de dirección de actores, con un Boguslaw Linda, en el papel del malogrado artista de vanguardias polaco, sencillamente magistral.

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A finales de los años 40 del pasado siglo se instala en Polonia una república de corte estalinista, que pretende controlar todos los aspectos de la vida social y cultural del país para ponerlos al servicio de sus objetivos colectivistas. También el arte, que deja de concebirse en términos de libertad creativa y pasa a tener objetivos claramente políticos: reflejar los logros de la dictadura del proletariado (realismo socialista). Cualquier otra forma de entender el arte, formalista o de vanguardia, es condenada por contrarrevolucionaria. Precisamente, esta forma de totalitarismo artístico es lo que tuvo que padecer Strzeminski, despojado hasta de su condición de artista (confiscados sus pinceles, expulsado de su plaza universitaria y destruida una parte de su obra) por no adherirse a la doctrina estética que demandaba el socialismo estético. No es la primera vez que Wajda dirige su mirada crítica hacia el pasado comunista de su país. Ya lo hizo durante la dictadura comunista con El hombre de mármol, una critica acerada del estalinismo estajanovista o de forma alegórica con Danton, que utilizaba el enfrentamiento entre Robespierre y Danton para referirse al que en 1983 mantenían Walesa y el general Jaruzelski en su Polonia natal.

En este caso, Wajda iguala, sino supera, sus acercamientos anteriores respecto del estalinismo y muestra con un patetismo descarnado la atrocidad del totalitarismo, para el que la uniformidad del colectivo exige sacrificar incluso la libertad auténtica del artista. Esto es algo que vemos ya desde el propio comienzo de la película, con una de esas metáforas visuales de las que tanto hace gala el cine de Wajda. Al principio de la película, Strzeminski se encuentra trabajando en su estudio, cuando una enorme bandera roja, que engalana una parada militar que se desarrolla en el exterior de su casa, comienza a cubrir su ventana impidiendo la entrada de la luz, herramienta fundamental del pintor. Un Strzeminski tullido (le falta una pierna y un brazo) se levanta a duras penas y, desafiante, abre un pequeño boquete por el que pueda entrar la claridad de la que ha sido privado. Esa imagen sintetiza toda la película, que no es más que la historia de un hombre íntegro que defiende en medio de tremendas penalidades su derecho a ver el arte de una manera distinta a como le exigen los dictados del estalinismo. Al no adherirse al realismo socialista pierde su trabajo, su condición oficial de artista e, incluso, en uno de los momentos de mayor dramatismo de la película, hasta el último plato de comida del que dispone.

Powidoki es una película llamada a culminar la brillante carrera de un realizador, Wajda, cuya historia personal con el comunismo también tuvo sus más y sus menos. Nadie mejor que quien ha conocido los horrores del sistema por dentro puede acercarse a la humillante degradación del arte que perpetró el estalinismo.

FOTO SUPERIOR: Fotograma de ‘Land of the Gods’.

FOTO INTERIOR 1: Fotograma de ‘The Skyjacker’s Tale’.

FOTO INTERIOR 2: Fotograma de ‘Afterimage’. Imágenes courtesy of TIFF.

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