Durante una década, una familia estadounidense vivió a metros de sus vecinos sin conocerlos. No era indiferencia. Era ansiedad social. Nadie en la casa se sentía capaz de caminar hasta una puerta ajena y llamar. Querían comunidad, pero el miedo les ganaba cada vez.
El contraste era difícil de ignorar. La madre de la narradora, de 80 años, vive a apenas una milla de distancia en un barrio donde los vecinos comparten pan casero, verduras del huerto, herramientas y favores. Allí alguien, en algún momento, tuvo la iniciativa de construir eso. La pregunta era por qué ellos no podían hacer lo mismo.
La calle donde vive la familia es arterial. No tiene aceras frente a la casa. Varios hogares cercanos son alquilados por estudiantes universitarios que no permanecen más de un año. En diez años, solo habían conocido a tres vecinos, uno de los cuales ya se había mudado.
Inspirados por amigos que al llegar a un nuevo barrio visitaron a sus quince vecinos más cercanos, decidieron actuar. El plan fue ambicioso desde el principio: en una sola tarde recorrerían las diez casas visibles desde su porche y les invitarían a un brunch en su hogar el sábado siguiente.
Prepararon volantes con los detalles del encuentro y ensayaron qué decir. El mensaje fue directo y honesto: llevaban diez años viviendo allí, apenas conocían a nadie, y eso les parecía ya suficientemente ridículo como para hacer algo al respecto.
Salieron con los volantes en mano. En las dos primeras casas no encontraron a nadie. En la tercera, una pareja en el jardín los recibió con expresiones de alivio y gratitud en cuanto supieron que eran sus vecinos. El patrón se repitió en cada puerta donde alguien abrió: una familia joven con un hijo en edad preescolar y gemelos recién nacidos, un hombre mayor que llevaba quince años en el barrio, una madre con un bebé de dos meses. En todos los casos, la reacción fue la misma. Sí, también queremos esto.
Dejaron volantes en las puertas de quienes no estaban y regresaron a casa agotados, pero animados.
La ansiedad no desapareció antes del sábado. Las dudas llegaron puntuales: ¿y si nadie viene?, ¿y si resulta incómodo?, ¿y si la comida no alcanza? La familia las reconoció como lo que eran y esperó.
El día del brunch, treinta minutos antes de la hora prevista, sonó el timbre. Era el marido de la madre con el bebé de dos meses. No podían asistir, pero quiso presentarse en persona. Él y el anfitrión hablaron unos minutos y antes de despedirse ya habían acordado prestarse herramientas.
Los que habían confirmado asistencia llegaron poco después de las diez de la mañana, uno de ellos con pan casero. Media hora más tarde, volvió a sonar el timbre. Una vecina apareció con un plato de muffins de manzana. Había encontrado el volante en su puerta, pero por error envió el mensaje de confirmación a un número equivocado. No podía quedarse, tenía visita en su casa, pero quiso saludar. Entró unos minutos, dejó los muffins en un plato de verdad y cruzó la calle de regreso a su hogar. La narradora anotó ese detalle con satisfacción: ahora tendría que devolverle el plato, como haría una auténtica vecina.
Una hora después del inicio del brunch llegó el hijo adolescente de una de las parejas. Resultó que había estado en los ensayos del mismo concierto comunitario en el que actuaría al día siguiente la hija adulta de los anfitriones. Ya estaban conectados sin saberlo.
El encuentro se prolongó un par de horas. Las conversaciones fluyeron sin esfuerzo. La familia confirmó lo que intuía: la gente quiere conocer a sus vecinos, quiere comunidad, aunque no sepa muy bien cómo construirla.
Una encuesta del Pew Research Center apunta en esa dirección. La mayoría de los estadounidenses dice que ayudaría a sus vecinos en distintas tareas, pero pocos creen que sus vecinos harían lo mismo por ellos. La desconfianza mutua convive con el deseo de cercanía. Quizás, sugiere la narradora, esa percepción cambiaría si la gente simplemente se conociera.
La familia planea seguir encontrando formas de presentarse ante los vecinos que no estaban en casa aquel sábado. Su único arrepentimiento, dicen, es haber tardado diez años en dar el primer paso.

