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Carlos Allen-Perkins, comediante

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Allen-Perins

Un Borbón, de profesión actor (entre otras muchas actividades). Francisco de Sales, María del Pilar, Carlos, Pío y José Allen-Perkins Gurowsky de Borbón, nació en París en 1874 (los Borbones españoles habían sido desalojados por la revolución de 1868 y vivían en el exilio). Sus padres eran, respectivamente, un “sir”: Charles Allen-Perkins Shouderlans, y una infanta: María Isabel Gurowski de Borbón (cuyos padres, por cierto, habían dado un escándalo al escaparse y casarse en secreto). Nuestro personaje no solo hablaba tres idiomas: francés, inglés y español, sino que, en el transcurso de su carrera, interpretó en los escenarios obras en esos idiomas y tradujo alguna más.

Actor de una gran ductilidad, lo mismo hacía de malvado que de gracioso, y, en medio, otras caracterizaciones y personajes variados. Pero antes de desembocar en su vocación de cómico -de artista, en realidad, pues hizo de todo-, la rama familiar borbónica, cuando supo de sus veleidades con el mundo de la farándula, intentó disuadirle, la que más la famosa “Chata”, la muy puritana infanta Isabel. Que, no obstante, al parecer, al final cambió de opinión cuando lo vio actuar (la infanta temía que, si resultaba un mal actor, los enemigos de la realeza recibirían, a través de él, aún más dardos antidinásticos).

Allen-Perkins y su primera obra importante

Su primera obra importante, y con un papel en consonancia a su estirpe, fue en la célebre tragedia de José Echegaray El gran galeoto, formando parte de la legendaria compañía del primer actor Antonio Vico. Luego “ascendió” hasta estar en nómina de la compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza. Como este último era, también, miembro de la nobleza le tomó a nuestro hombre una particular simpatía, llevándolo en casi todos sus viajes dentro y fuera de España. Pero al margen de esta distinción de la importante pareja de actores, y de su primer papel en la obra de Echegaray, Carlos Allen-Perkins se descubrió como un individuo versátil, triunfando en toda regla con otros personajes en los antípodas, como, por ejemplo, el “Miriel” de Los miserables. Al conocerse que ensayaba ese polémico personaje, los suyos se enfadaron mucho cuando supieron que su atípico pariente iba a meterse en ese papel creado por Víctor Hugo, personaje incómodo pues nuestro “borbónico” actor debía gritar durante la representación, en un perfecto francés, “¡Vive la Republique!”

No obstante, este papel sería uno de los últimos “serios” del intérprete que todos conocían ya como primo de Alfonso XIII, y quizás por ese parentesco, era muy vapuleado por la crítica. (Un vate lo definió así en unos ripios de circunstancias: “Es casi príncipe,/ casi hace comedias,/ casi canta y casi/ también es poeta”.) Una seriedad inherente y tenida como casi obligada su relación con el drama hasta ese momento, pero ya innecesaria porque Carlos Allen-Perkins, de la noche a la mañana, decidió pasarse, nada menos, que al género chico. Y por ahí seguro que la familia no estaba dispuesta a pasar (el tal género era y estaba destinado a un público popular y sencillo, para un vulgo despreciado por la alta sociedad). No obstante, esta posible decisión censora de sus estirados parientes, a Carlitos (como se le llamaba familiarmente) le traía al fresco. Porque lo de aquel miembro borbónico -verso suelto de la dinastía- era, tuvieron que admitirlo, la irrupción imparable con la fuerza del converso, de manera que su Carlitos se volcaría en adelante en la lírica, como cantante e intérprete, sobre todo en la opereta y en la revista frívola. Los títulos en los que intervino se sucedían: Lola Montes, Manzelle Nitouche o Venus Salón contaron con este atípico “Borbón” para triunfar entre un público archipopular.

Ya volcado en el mundo del teatro musical, y compaginando el género “chico” con el “grande”, en este último sería uno de los personajes centrales del reparto -el “Rodolfo”- de Bohemios, zarzuela de Amadeo Vives estrenada en 1904. Después vendrían otros títulos y espectáculos, y así mismo grabaciones discográficas de monólogos escritos para él, por ejemplo, por Carlos Arniches. También hizo incursiones en la ficción literaria, iniciando con la publicación de una obra suya una novedosa colección, La Novela Policíaca, con los dos primeros títulos escritos por él: La muñeca trágica y La marca infame. A los que siguieron otros títulos dramáticos escritos para la escena, y siempre con gancho. He aquí algunos: El amor fácil, La bala perdía, El dó de pecho, El fantasma de la gloria o Una juerguecita. Todo ello entre 1908 y 1915. (Su popularidad era tal que hasta otros autores lo tomaban a Carlos Allen-Perkins como “personaje” de sus obras. Un ejemplo, La mano negra, en la que Celso Lucio -el autor- incluía en su texto referencias transparentes al personaje.) A partir de ahí, y con la irrupción del mundo del cine dentro de las artes interpretativas, nuestro aristócrata se entusiasmó con la pantalla silente, interviniendo habitualmente en algunas cintas de la época.

Para todo el mundo del espectáculo

Pero, sobre todo, en lo sucesivo y hasta su muerte en 1929, sería el terreno de sus triunfos como actor y cantante el más transitado, tanto desde los escenarios como -ya lo hemos dicho- desde la pantalla cinematográfica, sin ser ajeno a otros mundos paralelos, como la grabación fonográfica -monólogos y cuplés- como el de, ya en sus años finales, el novedoso de la radio. Popularidad, fama, si bien discretas constantes en el tiempo lo que propiciaba, desde sus ya lejanos inicios como cómico, el tener que estar siempre preparado para las indiscreciones de los periodistas que le inquirían siempre sobre su origen y su sangre azul, repitiendo él, un tanto cansino: “Sí, soy el que soy, y sigo siendo tan Borbón y tan cómico” [al mismo tiempo]. Dualidad, en verdad, no muy habitual ni entonces, ni, curiosamente, después entre los miembros de la realeza. Porque, solo por su hiperactividad ya tenía mérito, con la fama de poco currantes de los miembros de la realeza, entonces y ahora. Actor, sí, pero escritor y dramaturgo con 59 obras estrenadas, alternando y logrando finalizar farsas cómicas, comedias y sainetes líricos, dramas policíacos, melodramas, vodeviles, humoradas y hasta alguna opereta. Carlos Allen-Perkins, un hombre para todo en el mundo del espectáculo, murió en Madrid en 1929, recibiendo sepultura en el Cementerio de la Almudena.

José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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