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El músico Mark Oliver Everett sigue sin tener nietos

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El músico Mark Oliver Everett sigue sin tener nietos 6Things the Grandchildren Should Know es el título de la canción que cierra el elepé de 2005 del grupo musical Eels, Blinking Lights and Other Revelations, un disco brillante que comenzó a ser grabado en 1997, que tardó en elaborarse ocho años, un disco sobre la alegría de vivir cuya creación llevó a su compositor al borde del suicidio. También el título de las ¿memorias? del líder de Eels (Eels es básicamente él, aunque no sólo, claro: compone todas sus canciones propias, por ejemplo), Mark Oliver Everett (MOE), que aparecieron en 2008 y un año después como Cosas que los nietos deberían saber traducidas por Pablo Álvarez Ellacuria al español para la editorial Blackie Books.

El prólogo de Fresán

En el prólogo de presentación de esa edición española, el escritor y traductor argentino Rodrigo Fresán, habitual prologuista de decenas de libros molones, tacha de “banda solipsista” a Eels a las primeras de cambio y a la canción Things the Grandchildren Should Know de “cierre epifánico y fóbico y aleccionador”. De las canciones de MOE dice que son “felizmente tristes o tristemente felices”. No se puede explicar mejor el cancionero tremendo de Eels, de la discografía de MOE con sus otras identidades (E o también Mr. E), cuya música, sí, “produce un raro optimismo iluminador”.

“Y, sí, todas y cada una de las canciones de Eels piensan en una sola cosa: estamos aquí, no fue fácil, no es fácil, nunca va a ser fácil, y falta menos para el final”.

En efecto, como escribe Fresán, Cosas que los nietos deberían saber es un viaje (divertidísimo, añado yo) al muy oscuro fondo oscuro de MOE, un oscuro fondo iluminado por espléndidas luces (“lucecitas parpadeantes”, escribe el argentino) que hacen que leer ese libro sea una experiencia maravillosa y no una imbécil invitación al suicidio. Al igual que la música de Eels, este es un libro “triste pero cálido”, voluntariamente triste y por encima de esa tristeza deliberada, eufórico.

Dejemos hablar a MOE (es horrible este nombre que le he endosado, ya, pero Mark Oliver Everett es largo: le llamaré de vez en cuando Everett), entremos en su lúgubremente vital libro de ¿memorias?

“He acabado por entender que algunos de los peores momentos de mi vida han desembocado en algunos de los mejores, así que no soy de los que devora con avidez el melodrama ajeno. Cada día es cada día, y punto”.

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Discos, canciones, música

Cuando acabé de leer este libro peculiar, breve como lo son los mejores libros en los que se quiere hacer brillar el frío aleteo de cuanto se desvanece para siempre, había tomado cientos de notas de su brillante manera de contar el horror y el delirio y la gloria de la creación artística. Pero ahora que he comenzado a ordenarlas en esto que lees, he acabado por decidirme a recoger esencialmente sus mejores reflexiones sobre lo que la música y la vida son para este agudo ser humano salvado por el arte. Y los discos y canciones y músicos que MOE menciona a lo largo del libro son una buena manera de comenzar. Creo. Por este orden.

Los elepés Live at Leeds de The Who y Plastic Ono Band de John Lennon (que ya escuchaba a los diez años, atraído por ese escarbar de Lennon en el interior de sus propios problemas, “aullando de dolor ante la pérdida de su madre”) y el Sgt. Pepper’s de The Beatles; The Rolling Stones, Jimi Hendrix, la canción Hot fun in the summertime de Sly Stone; el elepé Zuma de Neil Young, que tanto escuchó con su hermana Liz (con la que fue a ver con quince años uno de los conciertos de la gira del Rust never sleeps) y a quien llegaría a conocer en persona tras ser invitado por él a su casa; ver a Led Zeppelin en directo cuando estaba en octavo y conseguir una baqueta de John Bonham; “un año me dio de mala manera por Marvin Gaye y al siguiente por Merle Haggard, cuando Prince apareció fue la primera vez que me interesé por algo en el preciso momento en que sucedía, en lugar de escarbar en el pasado”; los conciertos de Grateful Dead, al primero de los cuales fue sólo con quince años, algo que acabó de hartarle y al regreso de una de esas actuaciones llenas de pseudohippies se puso Quadrophenia de The Who “a todo trapo”; un cassette de Randy Newman, Good Old Boys”; ver la peli El último vals de The Band y comenzar a idolatrar a Levon Helm e ir a sus conciertos ya en solitario; presentar un programa de radio de música country con un amigo donde ponían a Haggard, a Willie Nelson, a Buck Owens, “cosas así”; encontrarse en la cola de correos con su admiradísimo Little Richard; ya mudado a California, llorar y pensar en dejarlo todo y morirse mientras escuchaba la canción Sign on the window de Bob Dylan; quedarse “sin palabras” al escuchar fascinado a Portishead en un momento muy delicado de su vida para servirle de nueva inspiración; la segunda vez que vuelva a interesarle la música del momento (tras aquella irrupción de Prince) se entusiasmará con “discos sinceros, discos de verdad”, los de Pizzicato Five, Nirvana, Hole y Liz Phair; hacerse amigo de Aimee Mann, de Elliott Smith; seguir escuchando, cuando ya era él mismo una estrella, a Nina Simone, a Ray Charles, a Dylan; pensar en los discos de Moody Waters (que también escucha aún todavía) y en lo mucho que admira “el estilo directo, sucinto y sencillo de la composición y la interpretación”; tener entre sus ídolos musicales a Tom Waits y saber que llegará a recomendar tus discos; y en los agradecimientos de tu autobiografía incluir a Pete Townshend o a Ray Charles.

La magia de la música como la llave de entrada a ella:

“La vida está llena de hermosuras impredecibles y sorpresas extrañas. A veces, la belleza me supera y no sé cómo afrontarla. ¿Conoces la sensación? ¿Cuando algo es demasiado hermoso? ¿Cuando alguien dice algo o escribe algo o toca algo que te conmueve hasta las lágrimas, o que llega incluso a cambiarte? Está bien cuando un no creyente tiene que cuestionar sus propias dudas. Quizá fuera eso lo que me condujo de entrada a la música. Parecía magia. Bastaba con añadir música y ya era capaz de trascender la lamentable situación de mi entorno, y convertirla incluso en algo positivo”.

Porque Everett, nacido y criado en Virginia hasta que con 23 años decidió irse con su música a Los Ángeles, sabe que no es una persona normal, sea lo que sea ser normal. Está claro que él es un ser hipersensible a la manera que lo son los verdaderos artistas:

“Una vez que te han adiestrado para ser especial no te sientes cómodo no siéndolo”.

La vida del líder de Eels dispone de un “extraño universo paralelo”, la música. Su música:

“Vivo escondido dentro de mí mismo en la vida real (para evitar el dolor y la humillación), pero en cuanto subo a un escenario trato de montar un número apasionado y sentido. Es la hostia”.

La música siempre ha sido su gran alegría, junto a la compañía de su hermana ya muerta, Liz:

“Desde el mismo momento que tuve mi batería de juguete a los seis años anduve siempre metido en la música”.

Dice MOE sobre los gustos (musicales) que la vida es demasiado corta como para que sólo te gusta un tipo de música y “para ser tan aburridamente predecibles”: “sigo sin entender por qué hay gente que quiere que todo suene tal y como ellos lo imaginan”. Y sobre la crítica musical que “a poco que examines la historia del periodismo musical” te darás cuenta de que “no significan nada en realidad”.

El arte, los artistas, los músicos

Sólo las personas que rezuman inseguridad pueden ser artistas absolutamente humanos, como John Lennon, como Elvis Presley: “eso es algo que los artistas de hoy ya no transmiten, están ocupadísimos dándoselas de duros”. De la autobiografía de su muy adorado Ray Charles aprendió que “tienes que encontrar en ti mismo aquello que te hace único”, y cuando comenzó a dedicarse exclusivamente a ser músico decidió que debería seguir puliendo su trabajo “hasta que lo que quiera que fuese exclusivamente mío empezase a relucir”.

Mark Oliver Everett, que ha superado la presencia de la tristeza vaciándose en la música, “escribiendo o grabando”, desnuda pertinentemente el mundo de las discográficas en el que tanto estuvo inmerso como artista de éxito atinando a dar con el meollo del choque brutal entre el arte (de la música) y la industria, la mera actividad económica:

“¿Qué pasaría si los pintores tuviesen que presentar sus esbozos a un grupo de interés antes de ponerse a pintar?”

Estando como llegó a estar convencido de que lo que hacía era algo hermoso, algo que estaba fuera del control mediatizador del negocio discográfico, el autor de Cosas que los nietos deberían saber decidió en un momento dado apostar por “lo que de verdad importaba en términos generales: ya puestos, mejor hacer algo bueno, algo duradero, pensé”. El éxito, vender discos, dejó de ser su prioridad, si es que alguna vez lo fue y quiso dedicarse en cuerpo y alma a ser un artista de verdad:

“Recuerdo que cuando era pequeño intenté cerrar un trato con Dios: si él me dejaba hacer música yo intentaría ayudar a la gente. A mí se me había olvidado, claro, pero de repente se me ocurrió que las dos partes del trato se estaban cumpliendo”.

Hacer música de verdad, dedicarse a crear, a interpretar música (“preocupándote por el resultado”), hacer eso que de niño veías hacer a otros, eso tan divertido y emocionante, exige “trabajar muy duro, y es un modo de vida muy estresante. No es recomendable si no estás entregado por completo a la misión, si no estás dispuesto a renunciar a todo atisbo de vida real. Porque nadie se va a interesar tanto por lo que hagas como tú mismo, y cada día habrá nuevas batallas que librar, batallas difíciles y solitarias”. Lo dice alguien que es muy consciente de que la música le salvó la vida.

“¿Dónde estaría ahora si no hubiese podido concentrarme en ella? Seguramente en el mismo universo paralelo hacia el que partió mi hermana para reencontrarse con mi padre. Lo que quiero decir es que me tomo la música muy en serio. […]

Parece que siempre que no estoy trabajando en música nueva empiezo a marchitarme”.

La música, desde la muerte de sus padres y su única hermana, pasó a ser su familia, no en vano, “había puesto mi vida entera en ella”.

 

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José Luis Ibáñez Salas
José Luis Ibáñez Salas es historiador, editor y escritor. Autor de 'El franquismo', 'La transición'. '¿Qué eres España?' y 'La Historia: el relato del pasado', edita material didáctico en Santillana Educación y sus textos aparecen también en publicaciones digitales como 'Nueva Tribuna', 'Periodistas en Español', 'Narrativa Breve' o 'Moon Magazine'. Su blog se llama Insurrección (joseluisibanezsalas.blogspot.com) y dirige la revista digital Anatomía de la Historia (anatomiadelahistoria.com).

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