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¿Qué es el rocanrol?

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La música pop y nosotros

Este texto pertenece a mi más reciente libro, La música (pop) y nosotros, que acaba de publicar Sílex ediciones.

El periodista musical español Diego A. Manrique, en su ‘Mitología, ritos y leyendas del rock’ (una introducción a la Historia del rock de El País), centró magníficamente aquello que es el rocanrol (el rock and roll):

“El término rock and roll (‘mecer y rodar’) describe la actividad sexual y aparece en grabaciones de los años 30 [del siglo XX] y posteriores. Su popularización corresponde a Alan Freed, locutor de Cleveland (Estados Unidos) que descubre, a principios de los 50, que esos sonidos de origen negroide tienen gancho para un público eminentemente blanco y juvenil. Su programa Rock and roll party prepara el camino para Elvis”.

[Un Alan Freed que en 1959 se vería envuelto en un escándalo por aceptar sobornos para pinchar determinados discos. Una práctica de incentivos que, sin embargo, pasó a ser normal tiempo más tarde dentro de la industria discográfica.]

¿Qué es el rocanrol? 3

Es sólo rocanrol, pero me gusta… Desde los ojos de Elvis Presley (uno de los pilares de la cultura popular contemporánea que acabó por ser pasto de la misma cultura popular que él soportaba desde su altura conmovedora de artista entre dos mundos, entre dos tiempos), desde las manos de Lennon y los hombros de Paul McCartney (el escritor Iván Alonso cree que “el mundo moderno no se entiende sin la música que atraviesa la cabeza de McCartney día y noche al parecer comunicada desde el más allá sin ningún esfuerzo”), desde la nariz de Bob Dylan (“la primera figura de la música popular moderna que tuvo que acarrear con la responsabilidad de erigirse en ‘portavoz de una generación’”, alguien que a través de numerosas mutaciones es quien más «ha influido en la configuración de la música popular moderna», y lo ha hecho siendo ajeno al pop y siendo pop al mismo tiempo: palabra de Bob Stanley), las orejas de Bolan, los brazos de Springsteen y la boca de Strummer. Desde aquel pasado incólume —que en la década de 1960, dio en ser, como muy bien ha escrito Fernando Navarro, “la acelerada dinámica del pop y el rock como propuestas vitales de la juventud, que se imponían a la mayoría de tradiciones y obligaciones”—, hasta este hoy del rocanrol pétreo y el consumo a menudo apresurado, mecánico de la música en general. Hasta este hoy sobre el que se ha detenido ya definitivamente aquella música surgida del hueco más inquieto del alma del diablo para posarse como un rescoldo. Una leve lumbre con la que ya poco más podemos hacer, salvo mostrarle respeto, un cariño comprometido y el amor de un hijo consciente del pasado en el que los muertos duermen un sueño único, especialmente tejido para él, para su piel, para su noche.

Una pregunta. Y una respuesta. Es más que probable que el rocanrol ya no sea nunca lo que fue. Resulta evidente, pero… ¿tiene futuro el rocanrol? Responde Fernando Martín:

“La música de guitarras vivió sus mejores momentos creativos en los 50, 60 y 70 del pasado siglo. Nadie podrá superar eso en cuanto a concebir una larga sucesión de clásicos. Ocurre lo mismo en el cine: nadie en la actualidad puede superar a los pioneros.

Como en todo, existen los francotiradores que escapan del magma en el que se ha convertido la música popular en el presente y se apostan para lanzar descargas de calidad que siempre tienen sus referentes en los clásicos.

Además, el rocanrol a partir de U2 ha perdido la raíz negra, que era su seña de identidad y la causa primera de su aparición.

¿Reverdecerán los laureles? Tanto en esto, como en todo, a mí me gusta ser optimista y creer que habrá una generación de mocosos que, más tarde o más temprano y por llevar la contraria a sus padres o hermano mayores, vuelvan la vista a esta espléndida música que ha hecho bailar al mundo durante largas décadas.

Mientras tanto, aún nos queda un viejo tocadiscos y unos vinilos con heridas del paso del tiempo para recordar por qué al menos una vez en nuestras vidas sentimos que podíamos levitar de felicidad.

Y esto, querido amigo, nunca es poca cosa”.

En los primeros años del milenio, Bob Dylan veía en el hip hop (sin nombrarlo) el futuro de la música pop:

“Ice-T, Public Enemy, NWA, Run-DMC. Definitivamente esa gente no se andaba con tonterías. Habían irrumpido en escena aporreando tambores y despeñando caballos. Eran poetas, eran conscientes de lo que ocurría alrededor de ellos. Era inevitable que apareciera tarde o temprano alguien diferente, alguien que conociese aquel mundo, que hubiese nacido y se hubiera criado en él, alguien destinado a encarnarlo y a convertirse en una figura destacada de la comunidad, alguien capaz de mantener el equilibrio con una pierna en la cuerda floja sobre el universo y que resultara claramente reconocible cuando llegara. Sólo habría uno así. El público se entregaría incondicionalmente a él, y con razón. Ice-T y Public Enemy estaban poniendo los cimientos, allanando el terreno para la aparición de un nuevo intérprete que no sería precisamente del estilo de Elvis Presley, no iba a menear las caderas con la mirada fija en las chavalas. Pronunciaría palabras duras pero después de una jornada de 18 horas”.

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“La esencia del rock and roll como una agresiva cultura popular que rompía barreras de raza, clase, geografía y música.”

Greil Marcus: ‘El próximo presidente de Estados Unidos”, New West, 22 de diciembre de 1980.

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Y Neil Young, en una entrevista en 1983 a Musician Magazine, dijo:

“El espíritu del rocanrol no es sobrevivir a través de una larga decadencia, sino resplandecer en el presente, en este mismo segundo, no como una luz tenue que piensa en seguir brillando mañana”.

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“Pasados unos minutos de las doce de la noche del 19 de junio de 2016 se producen dos hechos importantes en Madrid: ya es mi cumpleaños y Neil Young termina su concierto. Derrotado y feliz, no sé qué hacer y solo se me ocurre abrazarme a un desconocido que estaba a mi lado, con aspecto parecido al mío. Abrazarme y decirle ‘y, ahora, ¿qué hacemos?’, dando a entender que nos habíamos quedado huérfanos. ‘No lo sé, yo solo soy fontanero’, me contestó. Esa es la relación que quiero tener con la música pop: la que no te da un oficio cualquiera”.

Enrique Tejerizo

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En un momento en el que, como afirma Ted Gioia, “la tecnología de la música comenzó a evolucionar más rápido que los propios estilos musicales”, al tiempo que se asistía a la decadencia del rock, pongamos desde la segunda mitad de la década de los años 70 del siglo pasado, tras la eclosión punk:

“En este contexto, la idea de que una banda de rock podría cambiarte la vida, por no hablar de cambiar el rumbo de la sociedad, era sumamente sospechosa: el rock se estaba convirtiendo en un estilo entre tantos otros en la batalla por la lealtad del público y, a medida que su público principal iba envejeciendo, su potencial para generar movimientos sociales revolucionarios decaía de manera proporcional. ¿Cómo podía el rock alterar el statu quo cuando era el statu quo?”

El propio Bruce Springsteen es consciente de que es parte destacada de un mundo de creatividad que desaparecerá con él y con quienes como él pertenecen a la “temprana generación del rock” que nacieron a tiempo para disfrutar de las bandas de la oleada británica que reinventaron el rock, el blues, el soul y el pop (los Beatles y los Rolling Stones, principalmente), pero que aun así son “lo bastante jóvenes como para haber vivido la experiencia de quienes lo originaron todo: Muddy Waters, Howlin’ Wolf, Chuck Berry, Fats Domino, Roy Orbison, Jerry Lee Lewis, Elvis…”

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De Roy Orbison, que para Fernando Navarro poseía una colosal voz de la que “latía la herida del puñal de la nostalgia” y cuyo “llanto estratosférico” era capaz de recorrer “con ardor las tribulaciones del alma”, dice Dylan (en Crónicas, volumen 1, la primera parte de sus memorias que apareció en 2004, un año después en español, pero que no ha tenido continuación) que “sonaba como si cantara desde la cima del monte Olimpo y se lo creyera”. También que “trascendía todos los géneros: folk, country, rock and roll, lo que fuera. Su material mezclaba todos los estilos, incluso algunos que no se habían inventado siquiera. Podía adoptar un tono agresivo y perverso en un verso y luego cantar con voz de falsete en el siguiente. Con Roy no sabías si estabas escuchando ópera o a una banda de mariachis. Te mantenía alerta, todo en él era muy muy visceral. […] Había canciones dentro de sus canciones. Pasaban del modo menor al mayor sin lógica alguna. Orbison iba muy en serio, no se andaba con niñerías ni con pinitos de novato. En la radio no había nadie como él”.

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Por cierto, Muddy Waters (admirado desde la década de 1960 por destacadísimos músicos como Led Zeppelin, Eric Clapton o Jimi Hendrix) grabará en 1977 una canción titulada The blues had a baby and they named rock and roll (‘El blues tuvo un bebé y lo llamaron rock and roll’), incluida en su elepé Hard again. Una canción, compuesta por él y por Walter Brown Brownie McGhee, en la que aparecían algunos de los mejores músicos negros de la música popular del siglo XX, como el propio Waters:

“Todos ustedes, saben que el blues tiene alma.
Bueno, esta es una historia, una historia nunca contada.
Bueno, ustedes saben que el blues quedó embarazada
Y llamaron al bebé Rock & Roll.
Muddy Waters lo dijo, ya saben que el blues tiene alma.
James Brown lo dijo, ya sabes que el blues tiene alma.
Bueno, el blues tuvo un bebé y llamaron al bebé rock & roll.
Ray Charles lo dijo, ya sabes que el blues tiene alma.
John Lee Hooker lo dijo, ya sabes que el blues tiene alma.
Bueno, el blues tuvo un bebé y llamaron al bebé rock & roll.
Otis Redding lo dijo, ya sabes que el blues tiene alma. […]”

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“Elvis Presley buceó en aguas musicales de probada efervescencia donde convergían las baladas sobre el ferrocarril de Jimmie Rodgers con las trompetas que llegaban de Nueva Orleans y los blues del Delta paridos por Robert Johnson. En el sur, la música no era pasatiempo sino forma de vida, una contradicción fascinante que resumía, condensaba y trascendía la miseria del día a día, el lenguaje de la congregación y, también, los dialectos del diablo… […] Elvis, con su genio, lo aprovechó todo, lo propulsó al espacio exterior: en el transcurso de muy pocos años dio carta de naturaleza al rock and roll transformándose él mismo en su único rey verdadero”.

Julio Valdeón Blanco: American madness: Springsteen y la creación de Darkness on the edge of town, 2009.

Desde que se emocionó con lo que entendía que hacía Elvis, desde que quiso ser un Beatle, Bruce Springsteen comenzó una carrera para la que indudablemente había nacido. Sí. De Elvis, “el primer ser humano moderno”, escribe: “Un precursor de un vasto cambio cultural, una nueva clase de hombre, un ser humano moderno, que difuminaba las barreras raciales, los géneros sexuales y… ¡se divertía!… ¡se divertía!… de verdad. La dicha de una existencia más libre y liberadora, que abría mentes, transformaba corazones, derruía muros y bendecía la vida. La diversión os espera, Señor y Señora Americanos Corrientes, ¿y sabéis qué? ¡Es vuestro derecho de nacimiento!”

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Sobre el final de un tiempo artístico, musical, en el que creció y se desarrolló todo el potencial creativo de Neil Young, un mundo que hemos de conseguir hacer perdurar, escribe el autor de Harvest:

“Las raíces del rock y del rhythm and blues son una delicia. Esa música perdurará. Fueron tiempos mágicos y soy consciente de que no se repetirán”.

Más sobre el futuro del rock, del pop. En 2019, el músico australiano Nick Cave escribió en su blog The Red Hand Files lo siguiente:

“La moderna música de rock lleva enferma desde hace algún tiempo. Está afectada por una especie de cansancio y confusión y pusilanimidad; ya no tiene el vigor necesario para pelear las grandes batallas que la música de rock solía pelear. Me parece que hay poco nuevo o auténtico ya que se ha vuelto más previsible, más nostálgica, más cautelosa y más corporativa”.

Contestándole, Diego A. Manrique apuntalaba en el diario El País el 21 de abril de aquel 2019):

“Ciertamente, aunque uno pueda aceptar este argumento, aquí se necesitarían ejemplos. No todo el rock necesita ser peleón o, como sugiere, transgresor. De hecho, uno podría argüir que buena parte del mejor rock, desde que su amado Elvis Presley fichó por RCA, ha sido corporativo, previsible, nostálgico y —cuando las cosas se ponen feas— extremadamente cauteloso”.

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Las readaptaciones de la música del pasado son un continuum de la historia cultural. Los intentos de readaptar la música del pasado no representan una quiebra del sistema porque en realidad son el sistema: Ted Gioia ha escrito que “cada generación redacta implacablemente las canciones heredadas del pasado y siempre lo hará; lo llamemos como lo llamemos esta readaptación es parte del ecosistema musical en la misma medida en que la cadena alimentaria o el ciclo del agua son parte del ecosistema natural”.

Por su parte, Bob Stanley afirma que “el término autenticidad ha sido fuente de tensión constante en toda la historia de la música popular moderna”.

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Y, sí, es inevitable pensar como hace Nick Hornby respecto de la música pop, esa que viene de aquel estallido juvenil de mediados de los años 50, que “sigue habiendo una sensación de que se suponía que esto no tenía que durar tanto”.

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“En el aspecto cultural, yo creo que el rock es un arma cargada de pasado, y en el sociológico. La importancia que tuvo en los años sesenta fue enorme, funcionando como una especie de faro generacional para gran parte de la juventud occidental, y ejerció como una especie de guía vital. Eso evidentemente se ha perdido. El rock hace ya tiempo que no ejerce esa función. Lo cual no quiere decir que musicalmente el rock esté acabado como género. Creo que se siguen haciendo cosas muy interesantes, pero siendo honestos con la realidad hay que decir que la época dorada del género ya pasó. Pero también pasaron las épocas doradas del blues y del jazz y nadie se los cuestiona. Tú vas a ver un concierto de jazz y no te preguntas qué edad tiene el tío que está tocando, simplemente disfrutas de la música. Sin embargo, las connotaciones generacionales del rock se siguen manteniendo en un tono peyorativo.”

José Ignacio Lapido (septiembre de 2018, entrevistado por Alberto Gamazo para Jot Down)

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José Luis Ibáñez Salas
José Luis Ibáñez Salas es historiador, editor y escritor. Autor de 'El franquismo', 'La Transición', '¿Qué eres, España?', 'La Historia: el relato del pasado' y 'La música (pop) y nosotros', edita material didáctico en Santillana Educación y sus textos aparecen también en publicaciones digitales como 'Nueva Tribuna', 'Periodistas en Español', 'Aquí Madrid', 'Narrativa Breve' o 'Moon Magazine'. Su blog se llama Insurrección (joseluisibanezsalas.blogspot.com).

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