En los primeros años de la industria del automóvil, un inventor apostó por una idea tan ambiciosa como extravagante: construir un vehículo con ocho ruedas. El resultado fue el Octoauto, una máquina diseñada con el objetivo de ofrecer una conducción más suave y estable que cualquier otro automóvil de su época.
El Octoauto nació de la mente de Milton Reeves, un ingeniero estadounidense que ya había experimentado con el número de ruedas en sus vehículos. Reeves estaba convencido de que multiplicar los puntos de contacto con el suelo reduciría las vibraciones y mejoraría la experiencia a bordo, un problema real en una época en que las carreteras eran irregulares y los sistemas de suspensión, rudimentarios.
El vehículo, construido en 1911 a partir de un automóvil Overland modificado, contaba con dos ejes adicionales que albergaban las cuatro ruedas extra. Su longitud era considerable, lo que lo convertía en una rareza difícil de maniobrar. A pesar del ingenio que lo inspiró, el Octoauto nunca logró despertar el interés comercial que su creador esperaba.
Reeves intentó venderlo sin éxito. El precio era elevado y el público no encontró ventajas suficientes frente a los automóviles convencionales. El proyecto quedó como una curiosidad histórica, un testimonio de los experimentos más audaces que marcaron los albores del transporte motorizado.
El Octoauto permanece hoy como uno de los prototipos más singulares jamás construidos, una pieza que refleja la libertad creativa —y los límites prácticos— de los pioneros del automóvil.

