La Artemis II despegó el 1 de abril con cuatro astronautas a bordo de la cápsula Orion en lo que supone el primer viaje tripulado hacia la Luna desde el programa Apolo, hace más de cinco décadas. La misión funcionó con precisión en casi todos los frentes. Casi.
Desde las primeras horas de vuelo, el sistema de gestión de residuos de la nave empezó a dar problemas. El ventilador del inodoro apareció atascado, y la astronauta Christina Koch, que días después se convertiría en la primera mujer en alcanzar la órbita lunar, tuvo que guiarse desde Houston para intentar una reparación en pleno espacio. Lo consiguió. Pero el alivio duró poco.
El problema reapareció en los días siguientes. Esta vez el diagnóstico fue más gráfico: orina congelada obstruyendo la línea de ventilación que expulsa residuos al exterior de la cápsula. El tanque del inodoro no podía vaciarse. La NASA optó por la solución más pragmática posible: rotar la nave para que la luz solar calentara la tubería y derritiera el tapón. Funcionó, y la tripulación celebró el momento como si fuera un pequeño motín victorioso.
En los peores momentos, los cuatro astronautas tuvieron que recurrir a urinarios plegables de emergencia y dispositivos similares a pañales para adultos. Todo esto mientras orbitaban la Luna a más de 400.000 kilómetros de la Tierra, batiendo el récord de distancia de cualquier vuelo tripulado de la historia.
El inodoro, por cierto, costó 23 millones de dólares.

